Tiempo de castañas

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Se filtra la luz del atardecer entre las castañedas encendiendo una paleta de colores verdes, amarillos y ocres. Los prados se visten de hojas y los castaños apostados a lo largo del sendero extienden su alfombra crujiente para amortiguar la caída de los erizos repletos del fruto de la castaña.

El paseante se sorprende con el chasquido de un ruido que se pierde entre la hojarasca, o el golpe profundo y sonoro sobre la tierra dura del camino. Revienta el erizo y rueda la castaña, brillante, la piel lustrosa, como la de un zapato recién embetunado.

Recoge el lugareño los frutos y también el paseante ocasional, con su bolsa de supermercado, para el consumo familiar, en las tardes de otoño, al calor del hogar.

Llegarán después a las ciudades, cuando el frío y la lluvia se instalen anunciando el invierno. Y en las noches tempranas barridas por la lluvia, azotadas por el viento que curva amenazante los paraguas, llegará desde una esquina el olor dulce, harinoso y cálido de las castañas asándose en un puesto callejero. Despertará en el viandante el recuerdo de la infancia y buscará unas monedas para comprar un cucurucho de papel de periódico repleto de ardientes castañas, que guardará en el bolsillo del abrigo, protegiendo con su mano el calor que desprenden; apretará el paso para llegar a casa sin que se enfríen, manteniendo vivo el rescoldo de carbón y humo de la corteza tostada. Con una sonrisa satisfecha abrirá la puerta y compartirá con los suyos ese resto de tradición que se repite cada otoño en las tierras bendecidas por los bosques que aún perduran.

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El Ocle

¡Se acaba el verano! Las playas se quedan vacías poco a poco; los puestos de socorro y los chiringuitos van cerrando sus contraventanas y solo las puertas quedan de guardia a los últimos rezagados.

En la playa he visto algunas matas de ocle dispersas por la arena, enmarañadas entre las rocas, flotando entre los charcos…

El ocle es un alga que forma densas praderas en el fondo arenoso de los mares, madura a finales de verano y con las primeras mareas fuertes de fondo se desprende para flotar a merced de las corrientes hasta llegar a la playa y quedarse varada en las arenas con la bajamar; a veces en tal cantidad que parece una alfombra que lo cubre todo, desprendiendo un aroma de profundidades y fuerte olor a yodo. Se extrae una gelatina, el Agar-agar, con múltiples aplicaciones en cosmética, medicina y últimamente muy de moda en las nuevas elaboraciones de cocina de autor.

En el año 1981 recogí ocle en la zona de Llanes. Trabajé durante el verano en el camping de Celorio; al acabar la temporada las instalaciones se cerraban. Llegué a un acuerdo con el propietario consistente en que, a cambio de guardarlas, podía almacenar y secar ocle dentro del recinto. A mi cargo quedaba también el perro Pernales.

El Pernales y yo convivimos aquel otoño y principio de invierno en mutua compañía, en medio del silencio del camping vacío, entre los ecos lejanos de las máquinas de labraza y el susurro amortiguado de las olas en la playa. Cada uno hacia su vida durante el día y al final de la jornada el me acompañaba al pueblo y me esperaba a la puerta del bar mientras cenaba; al ver su fidelidad acabaron dejándolo entrar y se acurrucaba a mis pies, bajo la mesa, y en el calor de la estancia dormitaba placido y satisfecho, paciente y fiel.

Había días en que me acompañaba en mis recorridos por las playas y los acantilados, cuando yo oteaba las aguas en busca de balsas de ocle y la dirección que podían tomar. Y días en que no había actividad y, como si el lo supiera, se quedaba a mi lado y le cocinaba, en un hornillo, arroz con despojos que me proporcionaba el carnicero. Era todo un día de fiesta.

El día en que me fui no recuerdo haberme despedido del Pernales; quizá ninguno de los dos deseábamos una despedida, Nunca más lo volví a ver.

En el pueblo de Celorio y alrededores, la temporada de ocle supone una actividad complementaria que aporta a las familias una cantidad extra de dinero muy importante para sus economías. Todo el pueblo se dedica a ello y hay familias que se reúnen y consiguen considerables sumas.

A era el líder de un clan respetado e influyente; hice buenas migas con él y me tomó aprecio, me tomaba el pelo al principio diciendo que los de ciudad no estábamos hechos para aquello y que uno de la capital, como yo, no aguantaría, como tantos otros que lo habían intentado. Pero por alguna razón simpatizamos y fue poco a poco enseñándome a seguir las mareas, a observar desde los puntos clave. Salíamos de ronda por las noches y nos sentábamos a charlar en lo alto del acantilado bajo un cielo cuajado de estrellas y el rumor agitado de las olas al fondo. Me preguntaba por los ligues del verano, en el camping, con las extranjeras y contaba picaras historias de mujeres avivando mi fiebre juvenil. Un año (él además tenía negocios de hostelería) tuvo una aventura con una francesa. Ella continuamente le coqueteaba y luego se mostraba esquiva. Una noche, en una fiesta celebrada en la playa, no dejo ni un solo momento de rondarla, se decía: era el momento, ahora o nunca. Cuando ella se retiró hacia las rocas para mear, él la siguió y cuando más concentrada estaba en la tarea apareció por detrás y le cogió el sexo mientras orinaba.

-Me meó toda la mano, pero yo no solté y no tuvo escapatoria

Me imagino esa rendición ante tal explosión de instinto puramente animal. El sexo y algo de escatología son a veces una fantasía inquietante. Y me imaginaba a aquel hombre, de fuertes y rudas manos, abordando un cuerpo delicado sin ningún tipo de miramientos y produciendo un placer que yo con toda mi poesía y juventud no era capaz de proporcionar. El instinto sometiendo a la razón. Y me cabreaba conmigo mismo ¡Tonto idealista!

Como dice David Malouf en su novela Rescate: “Hombres de espíritu sencillo que se sienten seguros en su naturaleza animal, que no conocen la duda”.

El día en que me gané el respeto de A estaban todos observando, desde el pequeño embarcadero, unas manchas dispersas, pero compactas, de ocle flotando en el agua, esperaban pacientes  a que la corriente las acercaran y desde allí, con largos palos  rematados con una especie de peines de forja, subirlas a tierra. Nadie consideraba que mereciese la pena entrar en el agua para recogerlas. Entonces aparecí enfundado en el traje de buceo, clavé la pala de dientes en la arena acotando aquella plaza y con el cedazo en ristre acometí los bancos de ocle dejando sobre la arena, con la mar en retirada, montones de algas ante la mirada atenta del resto.  A también miraba. Supe después que según iba creciendo mi botín alguno propuso entrar, pero A les detuvo.

-Eso es suyo, se lo ha ganado con coraje, mañana sabrá lo que son las manos llagadas.

Desde aquel día me aceptaron en su equipo trabajando por parejas con una red. Las redes estaban rematadas por dos listones redondeados y pulidos; se entraba en el agua avanzando con los palos a ras de arena y con una ligera inclinación hacia el avance; cuando la curvatura de la red indicaba su panza llena, uno clavaba el palo en el fondo y el otro giraba en redondo 180º hasta juntar los palos por los extremos opuestos dejando así cerrado el contenido; sujetando ambos listones en una sola unidad tirábamos de la carga hasta depositarla a salvo de las olas. Si las playas permitían el acceso de los tractores se utilizaban redes mas grandes, se ataban a un cabo en el eje trasero y este las arrastraba mientras lo acompañábamos, juntos los palos, para asegurar la captura.

En el agua, éramos una unidad, uno de los dos siempre tenia que permanecer afianzado en el fondo, haciendo pie, nunca soltar tu extremo, al otro lado estaba tu compañero; si la marea nos arrastraba soltábamos la carga, clavábamos la red en la arena y rápidamente una cadena formada por eslabones de hombres y redes llegaba hasta ti, sentías una férrea mano agarrándote y después la fuerza mecánica del tractor nos arrastraba a todos, depositándonos a salvo en la arena.

La playa de Barro, tiene un acceso urbanizado, amplia, abierta, pero de fuerte oleaje. No se en base a que criterio, a que premisas ni a que plan establecido, estábamos aquel día apostados en los coches esperando, al resguardo del frío, tras los cristales empañados a las primeras luces del amanecer. Allí estábamos, hombres y tractores, esperando el momento oportuno del asalto. Algunas avanzadillas se acercaban hasta el mar para explorar el terreno y los distintos equipos se vigilaban unos a otros.

Aquella playa era un terreno neutral, nosotros no podíamos ir a Niembro a sacar ocle, y los de Niembro tampoco pisaban las playas de Celorio. Era una ley, pero Barro pertenecía a todos, estaba en el medio, era tierra de nadie.

A ya había recorrido la playa. Se acerco al coche abriendo la puerta al frío y la noche; nos dio la orden de que fuéramos poniéndonos los trajes disimuladamente y tomáramos posiciones en la parte izquierda de la playa donde flotaba una gran manta de ocle. Una vez allí, él acercaría el tractor. Fue entrar y todos los motores empezaron a carraspear y a tomar posiciones y  como en un desembarco, maquinas y hombres, invadieron la arena.

Apenas amanecía cuando ya estábamos enfundados en los trajes para emprender la faena. La noche había sido fría y dejado una fuerte helada. Los trajes, casi herméticos, guardaban todo el calor pero las manos y los pies se congelaban al contacto con el aire helado; dentro del agua no notabas tanto el frío, el agua se filtraba lentamente en una fina película que se calentaba casi al momento; solo en alguna sacudida un reguero se colaba por el cuello y te recorría la espalda como un latigazo. La mar estaba embravecida y con fuerte resaca; las algas flotaban más allá del rompiente de las olas, con lo que era una temeridad cruzar esa frontera. Estuvimos todo el día con pequeñas escaramuzas para poco rendimiento y a cada momento se formaban cadenas de rescate para sacar a los que se arriesgaban en exceso. La bajamar acabo tragándose todo resto de ocle y con la llegada de la tarde la jornada se dio por terminada. Una caravana de coches y tractores se deslizaba al caer la noche por las pistas de tierra hacia el pueblo de Celorio cuando alguien dio la voz. En la playa de la Tallada la mar había dejado una capa de ocle, en retirada, que cubría toda su extensión.  Todo volvía a comenzar.

Esta playa esta dentro de una propiedad privada, y se accedía a ella saltando un muro bajo, próximo al acantilado (La ley de costas no permite la privatización de las playas, ni el camino que bordea el mar. Prevalece el derecho de paso a pescadores). Es una playa estrecha y larga en bajamar, una lengua de fina arena entre las rocas.

No recuerdo si la noche era de luna llena o negra como las aguas, pesadas y lentas por tanta carga de las profundidades expulsada. Recuerdo correr hacia el agua, zambullirme y flotar en aquella espesa sopa de algas y la sensación de miles de tentáculos enroscándose en el cuerpo, agarrando los tobillos y las manos, que no estaban protegidos por la goma del traje; y las estrellas, las estrellas centelleando en otro abismo de negrura. Y gritar, gritar a pleno pulmón, liberando toda tensión.

La noche no tendría fin hasta que todas las algas estuvieran a salvo de la marea. Había que llevarlas hasta el fondo de la playa, incluso subirlas a las rocas, para que el agua no las reclamara de nuevo (la playa desaparecía con la pleamar).No se cuando dormíamos,  si nos relevábamos o lo hacíamos todo de un tirón, pero con la luz del día un nuevo ejercito se ponía en movimiento: mujeres, abuelos, niños, con sus carros, carretillos, palas, cestos de todos los tamaños, desfilando como un reguero de hormigas desde la playa hasta el borde del muro donde los tractores se iban cargando para, en un ir y venir, repartir los lotes en partes proporcionales a los miembros del equipo.

Ese día se casaba un primo mío y me hubiera gustado ir a la boda, presentarme allí, con mi pelo largo, mi barba dorada, mi tez curtida y mi leyenda de rebelde. Pero el trabajo duró tres días seguidos, sacando algas de la Tallada, de Troenzo, la de al lado, a la que se bajaba por unas escaleras practicadas en las rocas y las maquinas podían asomarse al borde del acantilado permitiendo el montaje de un sistema de cables y poleas para subir las algas en un gran cesto accionado por un “güinchi”(me imagino que proviene de la palabra inglesa winch) instalado en una “carroceta”de las empleadas en el monte para el trabajo de la madera.

El ocle no tenía horario, había que aprovechar cuando arribaba a las playas y sacar hasta la última mata que flotase en el agua. El siguiente paso era el secado en los prados antes de almacenarlo.

El sistema de secado es similar al de la hierba en estas tierras (Antiguamente, hoy ya no se seca la hierba ni se apila en balagares. Ahora la nueva generación de maquinas siega, enrolla y empaqueta en plásticos que van dejando dispersos en el paisaje, como enormes ruedas. He oído que la fermentación que se produce dentro del embalaje es muy buena para el ganado; pero a mi me gustaba mas ver las varas de hierba y almacenarla en los pajares, como lo viví de niño). Hay que extender las plantas de ocle en una fina capa sobre los prados, esperar que el sol y el aire las sequen y después darles la vuelta. Si en el día no seca, al llegar la noche se amontona en pequeñas balas, ahuecadas y puntiagudas para que, en caso de lluvia, el agua resbale y no penetre en el interior de la pilas. El agua dulce lo decolora bastante, dándole un tono rosáceo y pierde algo de peso. Para almacenarlo, ha de estar bien seco; una pequeña mata húmeda, en el interior de la pila fermenta y comienza a arder, es un fuego sin humo, sin llama, pero quema al contacto y puede dejar todo reducido a una pasta compacta y sin utilidad ninguna.

Almacenaba el ocle en una tienda de campaña, grande, con habitaciones y sala de estar. En el camping tenias muchas oportunidades de comprarlas de segunda mano. Cuando los campistas se quedaban sin dinero vendían las tiendas, sobre todo los alemanes, algunos ni les merecía la pena volver con ellas al año siguiente, les era más practico, rentable y les salía barato comprar una nueva y disponían de un dinero extra para la vuelta.

Instalé la tienda en el interior del camping, sin las habitaciones, construí una plataforma con tablones y troncos para aislarla del suelo y permitir el paso del aire y la ventilación y sobre ella fui apilando ocle. Allí, cabrían muchos kilos.

Una noche me despertó una fuerte tormenta de lluvia y viento. Fui corriendo hacia la tienda; varios vientos estaban rotos, las lonas ondeaban con fuerte batir y el agua lo anegaba todo. Fueron horas afianzando las lonas, con más cuerdas, con piedras; haciendo canales de desagüe alrededor; las lonas se hinchaban tensas; en cualquier momento amenazaban con rajarse (estaban viejas y acartonadas por el sol). Pero aguantaron. Acabé empapado y lleno de barro. El resultado solo podría valorarse a la luz del día: esperar y confiar. Todo salio bien Y en aquella tienda siguió almacenándose algas hasta que ya no quedó una cuarta entre estas y el techo de lona. Todos los días entraba en la tienda, tocaba el ocle: su tacto fibroso, nidio, su olor a yodo, sal, mar y espuma. Metía la mano dentro de la pila para comprobar su estado; estaba calido retenía el sol, las caricias del viento. Pasaba largos ratos contemplándolo y valorando el esfuerzo de lo que allí tenía almacenado.

A vendió mi ocle, como el de casi todos, él tenia un gran pajar donde cabían toneladas y las fabricas enviaban allí sus camiones centralizando así la recogida. Fueron tres mil kilos (tres toneladas que suena más contundente), a cincuenta pesetas, en el año 81, era una considerable cantidad que me permitió vivir sin hacer nada el invierno y la primavera siguiente. A me felicitó por ello. (Para un tipo solo era una cantidad importante: yo sacaba, secaba y almacenaba, mientas en las unidades familiares se repartían las tareas) Te esperamos el año que viene. Pero año siguiente fue otra historia. No se si en los años posteriores visité a A y al resto de buenos compañeros. Pero la distancia y el paso del tiempo nos vuelven extraños e irreconocibles.

Poco más queda de aquel tiempo; las fotos y quizá el traje continué empaquetado en el desván de mi primera vivienda. Lo guardé porque tenía la intención de darle otros usos: la pesca submarina. Lo utilicé un par de veces en el año siguiente. En una ocasión el grupo de amigos fuimos a la playa del Silencio (Novellana) en busca de oricios (erizos de mar) yo, con mi traje de buceo, me sumergiría a por los más grandes en una zona donde los pescadores del lugar decían abundaban. El mar estaba agitado y, como no tenía plomos, era incapaz de sumergirme; flotaba como un corcho y las olas me zarandeaban contra las rocas. La pesca fue infructuosa y tuvo que realizarse en los bares del pueblo. En el verano de ese año, alquilamos un chiringuito en la playa de La Isla (Colunga). Allí conocí a un farero y experto pescador. Quedamos en que me llevaría de pesca submarina. Y ese día llegó. Acababa yo de comer y se presentó él a toda prisa. (Parco en palabras y de movimientos pausados, en asuntos de pesca, era de lo más diligente) No había tiempo que perder: la marea era favorable y el pescado estaba entrando. Así que no podía perder la oportunidad.

Me dejó el cinturón con los plomos, el arpón y puede que también gafas y aletas. Me explico como cargar y disparar el arpón y nos lanzamos al agua. Nunca había bajado a profundidades de 15 ó 20 m. y con la excitación del momento, en las primeras subidas no hacía bien las descompresiones con lo que acabé mareándome y revolviéndoseme el estomago hasta el vomito. Había comido fabada y la vomité toda en el agua. Un estupendo macizo para los peces. No pesqué nada, aunque al final andaba muy cerca de acertar, pero la experiencia fue maravillosa. Hurgar bajo las rocas, en las cuevas y ver las chopas boqueando, con sus ojos inexpresivos mirándote paralizadas hasta que huían tras el disparo.

El Farero obtuvo una buena pesca y me dio varias piezas que preparamos en el bar y regamos con abundante vino mientras yo contaba como delante de mis ojos flotaban los restos de fabada y como los pececillos se lanzaban a por ellos y reíamos satisfechos. El farero me dijo que aprendía rápido y que tenía una buena cualidad como compañero de pesca: Que no molestaba. Quedamos en repetir la experiencia, pero nunca más se realizó. Acabado aquel verano tampoco supe más del farero; lo destinaron a otra provincia. Desde allí, o en cualquier punto donde estuviera seguiría vigilando la mar, olisqueando el aire, descubriendo corrientes por donde los peces viajan y repetiría aquella frase con la que, impostando una voz profunda, siempre le imitaban:

-“Tá la mar bella; voy tiramé”.

P.D.

“Me gustaría que el recuerdo de mi felicidad perdurará más allá del tiempo”

Andreé Guide, Les cahiers d´André Walter

Pocos recuerdos quedan y trato de atraparlos, de no perderlos para siempre. Quedan hoy las fotos y los negativos almacenados en una caja, que al abrirla, viejas imágenes y débiles recuerdos revolotean a tu alrededor, como destellos de la memoria reclamando un tiempo que se resiste al olvido. Un tiempo que quiere ser rescatado en nuestra historia. El tiempo que nos da forma y que hemos de poner en la balanza para valorar el provecho de nuestras vidas, poder afirmar que ha merecido la pena y confesar, como el poeta, que hemos vivido en esta hermosa residencia de la tierra, donde se puede ser libre con trabajo y esfuerzo.

La Fábrica de loza de San Claudio

Cierra sus puertas la fábrica de loza de San Claudio. Apago sus hornos; Sus chimeneas son como viejos troncos resecos en el paisaje, asediados por la hiedra y los arbustos. Vieja, destartalada, abandonada, desconchados sus muros, devorada por la maleza; Aquí y allá  maderas, hierros retorcidos y oxidados, viejos utensilios tirados en el entorno, amontonados bajos los techos hundidos de los edificios en desuso. Restos de un pasado de plena actividad. Siempre la recuerdo así, ajada en medio de un entorno caótico, pero dentro de sus muros seguían elaborándose aquellas piezas únicas que luego lucían en las tiendas, símbolo de tradición artesana.

Se ven a través de las ventanas, de sucios y rotos cristales, piezas almacenadas esperando la piqueta que los sepulte y glorifique como restos de antigua arqueología.

Allí compramos los primeros platos, ensaladeras, fuentes, salseras, juegos de te y café con las que ir poniendo color a un hogar. Los sacábamos las tardes de domingo y sobre aquellas fuentes, decoradas con frutos o paisajes orientales, lucían golosos los bollos y pastelitos y en las tazas vertíamos el té escuchando música de Jazz y jugando al Scrabble, mientras Livia se adiestraba en la búsqueda de palabras y el ritmo del jazz ponía melodía a un futuro de cariño y esperanza y la tarde se dormía a las sombras y al frío  mirando en el interior de aquella ventana de juegos  y dulces meriendas con el brillo en los labios y en las manos, la pesada, redonda y carnal loza de la fábrica de San Claudio.

Poco a poco fuimos adquiriendo vajilla. Siempre tenían en oferta las piezas defectuosas: Una burbuja, una motita de polvo atrapada en el esmalte…Un lujo para nuestro incipiente poder adquisitivo. Recuerdo el almacén frío (casi siempre por época Navideña) y las estufas de gas en las esquinas; la vuelta en tren o en autobús, con las cajas celosamente protegidas, difíciles de llevar.

Fuimos esta última semana, como muchos, cuando anunciaron su cierre en la prensa.; esta vez con coche propio para trasportar las cajas y con una ilusión más gastada. Estuvimos más de tres horas en la cola para pagar y llevar algo que casi no necesitábamos, quizá para tener un pedacito de historia y mantener el recuerdo vivo por algo más de tiempo.

Livia compro sus primeros platos para cuando tenga su casa.

28 de abril de 2009

Dos días después la fábrica cerró definitivamente después de 107 años de actividad.

 

La fabrica esta declarada como Bien de Interés Cultural, con la categoría de Conjunto Histórico por su indudable importancia en la historia industrial Asturiana: Su producción era sinónimo de calidad. Tiene dueño y ha de ejercer el deber de conservación según la ley.

Destacan los edificios, hornos, chimeneas y las casas adyacentes al complejo que datan de la apertura de la fábrica en 1901, además del valioso archivo documental de la Fábrica de San Claudio y un conjunto de 9.726 piezas vinculadas a la producción histórica de la misma

      Andrea Suárez. La voz de Asturias 30 de abril de 2011

Hoy, tres años después, he vuelto por allí; el deterioro avanza, hay más basura amontonada, más cristales rotos, más techos hundidos, más paredes desconchadas, las fachadas desvaídas, la maleza avanzando imparable, devorándolo todo…

Un caballo blanco pasta entre las zarzas, como si fuese el descendiente de un unicornio que se hubiera escapado del estampado de una pieza de loza. Se acerca a mí, le acaricio el hocico y después de mirarme un rato se vuelve hacia los viejos muros de la fábrica mientras el sol, como una naranja incandescente, se oculta tras los tejados intensificando las sombras en otro día de olvido

29 de marzo de 2012

En un papel

Él escribió en un papel:

Aún te veo feliz, enamorada

con aquel irreverente sombrero de copa rojo.

Tu mano, en la noche fría, tu aliento

y el amor infinito brillando en el fondo de tus ojos.

Solo a mi pertenecías ¡Y me gusto tanto!

¡Quise tanto aquel instante!

¡Ame tanto el tenerte;

me pareció tan bonita la calle de tu mano;

sentí tanto gozo de ser amado;

vi la noche tan inmensa a tu lado…!

¿Quién de los dos tuvo la culpa?

¿Por qué ayudaste a estropearlo?

¿Quizá he de confesar que tuve celos?…

Sentí que te quería, te busque

y esta vez no supiste quedarte a mi lado.

Ella, al día siguiente encontró ese papel y en el reverso escribió:

Cuanto frío, cuanta desolación!!

Esta sensación de soledad aguda, ayer envuelta en llanto, hoy en lluvia.

Leo una y otra vez tus palabras…Te daré las gracias porque me reconfortan, me ponen otra tirita, pero…¡Qué pena  mi amor, que pena que no puedas amarme!

Haces lo que puedes derrochando ternura, pero tristemente ese amor mío, que yo siento infinito, no vale para los dos.

Gracias de todas formas por no dejar que mis caricias, que mis sentimientos (con los que quería arroparte cálidamente, con los que quería llevarte a ese sueño que tanto añoras) no se pierdan en el aire.

Eres a mi lado, la alegría, la vida.

¿Verdad que a veces resulto ridículamente patética?

He encontrado ese viejo papel, ajado y roto, en el fondo de un cajón donde anidan tantos sueños, tantas horas, tantas vidas, tantos secretos y verdades calladas, que es difícil que en alguna de ellas no encuentres un trozo de tu propia piel , un trozo de una vida como tantas parecida a la tuya. Vidas que se enmohecen, que se rompen sin saber como, pero que se rompen; sin que nadie tenga culpa (Neruda sabe de ello)*, como el jarrón que un día, sin que lo hayan tocado, cae al suelo y se hace añicos; un mal viento, un golpe térmico una vibración continuada a lo largo de los años, lo desplaza, lo quiebra…Nadie se dio cuenta.

En el mejor de los casos irán a parar los trozos rotos, cuidadosamente embalados, a una esquina del alma esperando restañar la herida

*ODA A LAS COSAS ROTAS

http://www.poesi.as/pn59117.htm


A TODAS LAS SUSIS

Hoy he recordado a Susi.

Susi hubiese sido la novia ideal de nuestra recién abandonada adolescencia; con su cara de muñeca, su sonrisa caprichosa y picara; el desparpajo de su cuerpo joven y su madura presencia.

No era nuestra amiga, ni pertenecía a nuestro grupo. Compartíamos un amigo, tardes de chanza, de sidra, de esperanza. A veces él nos hablaba de Susi, de sus tardes de cine, sus cafés y sus charlas y todos añorábamos una amiga como Susi; su privada compañía.

Susi desapareció. Se fue; como deshojando se fue aquel grupo que compartía tardes de vino en las viejas tabernas entre cantos y nacientes inquietudes políticas

Alguien me dijo un día que Susi se había ido a la capital, que frecuentaba los círculos de moda costeándolos con sus favores. ¡Que importancia puede tener!

Susi se fue al igual que nuestros años, nuestras ilusiones, nuestras angustiosas juventudes; se fue como tantos sueños, tantas palabras ¡Tanta inocencia!

Quizá un rostro hoy me haya revuelto el recuerdo de Susi; el no tener un punto de encuentro, un grupo de amigos con el despreocupado fin de pasar una tarde. Y he deseado tener una amiga como Susi, tomar un café en un viejo local, reír, hablar entre apuntes y libros y miradas furtivas a una puerta siempre abriéndose.

Pero ni quedan viejos locales, ni tengo una amiga que se llame Susi, Ana o Maria con quien ir al cine, con quien reunirme alguna tarde para charlar y confesarle la gran desilusión que ha sido la vida

 

Fechada en 1977

 

Nunca supe realmente el nombre de Susi