Cuitas: Once

Encontramos a Pérez sentado en el prado de un parque hurgando en una piña. Esta separando las escamas para obtener las semillas

-Últimamente esta muy obsesionado con la recolección de todo tipo semillas arbóreas con el fin de plantarlas, en algún descampado, al otoño siguiente y proporcionarle un pequeño empujón a la Naturaleza para que obre el milagro-

Encontróse con una piña, que alguien cansado de transportar o de jugar, arrojó, en aquel lugar tan poco usual, en medio del verde prado. Faltóle tiempo a Pérez para recogerla como objeto de observación y ver que, entre las primeras escamas separadas, se desprendían las semillas y que eran, estas, piñones. Nunca se había encontrado con una piña piñonera, con lo cual sentóse allí mismo para un estudio más detallado, siendo así como, según antes apuntáramos, nos lo habíamos encontrado

Empezó poco a poco a desgajar las escamas del cono (denominación taxonómica, esta más correcta, de la popular piña) y vio que cada hueco albergaba dos semillas, a medida que avanzaba, las escamas ofrecían más dificultad a ser separadas con lo que buscó en su bandolera un objeto punzante con el que hacer fuerza y una bolsa de plástico para el almacenaje. (Siempre llevaba algún objeto punzante, así como una bolsa para la recogida de muestras, una libreta de apuntes, varias agendas, un cuaderno de croquis algún libro, una cámara compacta, bolígrafos, lápices de colores… Casi nunca hacia uso de ellos, pero era necesario llevarlos por si se presentaba la oportunidad) Pasado un tiempo no determinado tenia la piña completamente desprovista de piñones, que bien podrían superar el medio centenar, los dedos tiznados de negro y pringosos de resina y en medio de una abstracción total de espacio y tiempo, levantó la mirada y el entorno comenzó a moverse de nuevo ante él.

Por el parque la gente paseaba sus perros, estos corrían en busca de palos lanzados por sus dueños y se tumbaban aferrándolos con las patas delanteras mientas los mordían y se deleitaban en la tarea de convertirlos en virutas; otras gentes hacían footing, solos o en grupo, disfrutando del paisaje de una manera mas saludable para su forma física; todo el mundo se movía dentro de un guión establecido alrededor de Pérez. Y Pérez se vio a si mismo como uno de esos perros, entretenidos en el afán de roer un palo, al margen de todo gesto humano. Guardó las semillas, se limpió las manos, lo que pudo, en la hierba; se levantó y se incorporó entre los pasos de la gente. La luz intensa del atardecer empezaba a acariciar los objetos y a dorar las hojas de los árboles y las sombras se alargaban sobre el verde fosforescente de los prados. Le había pasado la tarde. Y eso era más que suficiente.

Cuitas: SIETE

Pérez solía acomodarse en las barras de los bares de copas las noches previas a su día de descanso fumando y bebiendo hasta la hora de cierre. Los barman le trataban con respetuosa deferencia, era discreto y buen cliente y unido al hecho de que fumaba en pipa, despertaba la curiosidad de algún que otro solitario adyacente. Tenía especial imán para los plastas, los borrachos, algún que otro gay tanteando el terreno y ocasionalmente alguna pirada neurótica con la que siempre terminaba en una desabrida guerra de sexos.

En una ocasión un tipo de los no habituales acabo contándole su vida. Era funcionario de la administración autónoma, chofer. Habían ido a Bruselas a promocionar un producto, o cualquier otra chuminada, en que se gastaban los dineros públicos en fastos, dietas y demás zarandajas los diputados y personajillos regionales y que no tenia mas consecuencias que las de dejar una imagen de marcha,  juerga,  que todo el mundo es bueno y nosotros lo enrollados que somos.

El caso es que este buen hombre después de pasárselo muy bien y recoger todo el material de la muestra, había conducido sin descanso durante todo el día para poder llegar a casa en el fecha de su cumpleaños y recibir el cariño de los suyos y sus felicitaciones. Nadie le dijo nada. ¡Ni gocha quien te puso ahí! Nadie recordaba y tuvo un recibimiento frío y anodino. Acabo celebrándolo en el bar y contándoselo a un desconocido.

Pérez comprendía bien a aquel tipo, sabia de frustraciones, de las cosas que en el último momento se derrumban por la más caprichosa tontería del destino. Sintió lastima del tipo y trato de animarlo. Después de quitarle importancia al hecho. De que estas cosas pasan, que siempre andamos atareados en la rutina, que no hay que darle importancia y demás frases hechas, acabo diciéndole

– Mira., seguro que no se acordaron; con el tiempo estas fechas se nos acaban pasando por alto. Lo mejor que puedes hacer es ir a buscar a tu mujer a la salida del trabajo, recoger a vuestra hija e invitarlas a comer por el sencillo hecho de que ayer fue tu cumpleaños y quieres celebrarlo. Aprovecha mañana que se prevé un día esplendido, te acercas a la costa, disfrutáis de un buen pescado en una terraza frente al mar y les cuentas el viaje y las ganas que tenias de volver y estar con ellas. En esa sorpresa saldréis ganando todos. Un día así, inesperado, queda en el recuerdo largo tiempo, más que la fecha de un cumpleaños, porque se reveló a la rutina y la apatía.

El hombre después de un silencio y con los ojos como platos le dijo

–         Señor Pérez es usted psicólogo.

–         No tío, yo soy un pringadillo más, como tú, que no tiene donde ir esta noche y que viene a cargarse de alcohol para que mañana al despertarse la única tarea a la que tenga que enfrentarse sea el superar una tremenda resaca y así le pase la mañana y el resto del día en recuperarse –le hubiera contestado-

Pero no se lo dijo. Veía sus palabras brillar en los ojos de aquel hombre, que le servían y que estaba dispuesto a ponerlas en práctica. Sencillamente fue compasivo y le contesto

-No, no hace falta psicología para ver que casi nunca damos el primer paso esperando que alguien lo de por nosotros; y en eso se nos van los primeros impulsos y los coartamos en un análisis de las consecuencias, de pros y contras; matando así toda espontaneidad y todo sentimiento natural y desinteresado. Si elegimos el egoísmo como compañía, excluimos a quienes nos rodean.

Pérez, se levantó, se despidió deseándole feliz cumpleaños y se fue. Se dirigió a su casa pensando que él también podía poner en práctica sus propias palabras con los suyos, pero al mirar atrás vio la sombra de su egoísmo siguiendo sus pasos.

Cuitas. CUATRO

Pérez se acuclillo delante de la lavadora y estuvo, no sabe cuanto tiempo, viendo como daba vueltas el tambor y los caprichosos movimientos de la ropa en su interior. Ahora izquierda, ahora derecha, contando los segundos transcurridos a cada intervalo de pausa entre giro y giro; escuchando el golpeteo de los botones contra el tanque, el gorjeo del desagüe en la fase de vaciado, la aceleración creciente del centrifugado, la entrada cantarina de agua nueva para el aclarado…¡Qué lista es esta máquina, que cosas se inventan!

Cuando se incorporó le crujieron las rodillas y los músculos de las piernas le parecían que centelleaban de electricidad. Su mente giraba en el vacío como una centrifugadora. Había perdido medio día de descanso en el más ignorado olvido del mundo exterior. Eran más de las tres de la tarde y estaba sin comer, no tenía nada en la nevera excepto cerveza y café y para ir a alguna parte ya era tarde, pero el estomago se le precipitaba en una catarata de salivación.

Al caer la tarde no podía aguantar más el hambre, la había estado entreteniendo con tabaco, café y mucho azúcar, pero necesitaba algo sólido. Salió a la calle. Todo el día la lluvia tiño la jornada de gris arropándola en un escalofrío, los horizontes se borraban en una lechosa bruma mas allá de una manzana y los edificios próximos resaltaban como una calcomanía superpuestos en una cartulina gris; las calles, silenciosas devolvían el eco de los pasos y las voces brotaban de los portales y las esquinas en busca de respuesta. Se dirigió al supermercado de moda descendiendo por unas escaleras que nadie usaba, como quien es absorbido hacia los abismos. Al final una puerta acristalada se abría ante su presencia y una luz intensa hirió sus ojos y sus oídos se sintieron inundados por un torrente de ruidos, voces y actividad que casi le deja petrificado en el umbral. Ya repuesto hizo repaso a lo que le había llevado allí. No gran cosa: pan y una barra de fuet, también añadió un par de cervezas de importación, fuertes, tostadas, de trago largo. Fue rápido, los cuerpos femeninos le hacían daño.

Al volver a casa sintió, al abrir la puerta, el golpe amargo del olor a tabaco en las narices y la atmósfera viciada de la casa cerrada y sin vida al margen de la suya.

Cortó en dos el fuet, le quitó la piel a lo largo y con el en una mano y en la otra media barra de pan comenzó a simultanear mordiscos a la vez que los empujaba con largos tragos de cerveza. Acometida la tarea continuó con la otra mitad que aún le quedaba y así, bocado a bocado, trago a trago, empezó a reconciliarse con el mundo. Quedaba la noche, la tremenda noche, pero aún le quedaba más cerveza y con ella, un velo de niebla iría dulcificando los duros contornos de la realidad.

Cuitas (de Juan Pérez) DOS

Juan Pérez garabateaba en un papel, estrellas, caras, flechas, tachones, esperando que le llegase la inspiración y las palabras se encadenasen dándoles vida en algo que definiera el momento, o lo perpetuara en una emoción artística, en un desgarro genial del hombre ante el destino, mientras las horas pasaban y se extendían y él miraba al vacío sentado frente a una ventana, con un horizonte de ladrillos rojos diez metros más allá de sus propias narices (o el equivalente a la anchura de la calle entre dos edificios, que no tenia ni idea de cuanto podía medir).

Como los minutos se alargaban interminablemente en una sensación de hastío, en un arranque de determinación, no pudo postergar más las tareas pendientes que se amontonaban y se puso a planchar.

En el ridículo mundo insustancial de Juan Pérez, que se alimentaba hasta del vacío, había algo ineludible como era el planchar su ropa de trabajo. Tampoco le quedaban calzoncillos en el cajón. (Y eso que los compraba por docenas) Otra ineludible certeza que le esperaba en el cesto de la ropa sucia. Quizá también fuera conveniente comprar otro par de docenas o, poner la lavadora.