La Casa

Siempre la he conocido así,  (Hace ya doce años) me dijeron que un hombre la iba construyendo poco a poco, en sus ratos libres, que un día enfermó y probablemente  se haya muerto, pues nada más se supo de él quedando ahí su  proyecto. Detenido; con los ladrillos amontonados en la planta baja, esperando al día siguiente a ser acomodados en el conjunto de la estructura. Ahí sigue, serena, impertérrita, como si el tiempo no hubiera pasado; cada día más bella en su olvido, cada día más sabia. Todo ha cambiado  a su alrededor pero ella sigue esperando  con la misma ilusión del primer día, con todo el futuro aún por decidir, fiel al regreso de las manos que le estaban dando forma

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El alma que no quiso descansar en el cementerio

Aunque ni siquiera como última morada deseemos, hay que admitir que la mayoría de los cementerios tienen buenas vistas.

¿Quien escoge su ubicación? ¿Quizá  la comunidad; el primer ser humano que se asentó en el lugar y determino, así como donde iría su casa, también donde reposarían su  huesos y que estos hubieran de estar alejados de donde se mueve la vida, pero sin perderla de vista; o a un lado del camino para saludarla en su ir y venir? Una elección casi siempre de autentico buen gusto. Hoy quizá los criterios empleados serian distintos y se limitarían a estudios técnicos de higiene y nada lógicos en los asuntos sentimentales.

En ciudades medianas y villas (las grandes urbes acaban devorándolos en rincones de melancolía) gustan de lugares elevados desde donde seguir al acecho del pulso diario y con vistas a horizontes donde descansar la mirada.

En los pequeños pueblos te saludan al borde del camino, al entrar o al salir, son como pequeñas islas de reflexión donde terminan los paseos y desde allí se alcanza a ver los campos de labranza y pastoreo donde medra el fruto de los vivos.

En los puertos de mar son hermanos de los faros, vigilantes del horizonte y saltan desde acantilados a lomos de gaviotas.

En las zonas de montaña, ocupan el lugar mas elevado y compiten con las águilas en su vuelo.

A veces también reposan en lo profundo de un valle, al lado de un río para tener siempre una vía de escape, un fluir sin límites en las aguas cristalinas.

Siempre, en todos los lugares, a su lado una ermita, una pequeña iglesia, que de sombra y asiento al caminante. A mi, me gusta sentarme al abrigo de estas ermitas y no me incomodan nada las almas del cementerio, incluso parece que se sientan tranquilamente conmigo y me arropan de paz y me regalan esa ausencia de tiempo que ellos atesoran.

En Villanueva, cerca de Proaza, hay una de estas pequeñas iglesias, al abrigo de montañas, en un valle soleado que empapa sus orillas en un río de aguas apresuradas y de nieves derretidas. El sol acaricia temprano la mañana despertándola de heladas y brumosas noches y la luz canta en miles de sonidos, a lo lejos, al compás del inseparable tolón-tolón de las esquilas del ganado que pasta en los verdes prados escarchados de rocío. Allí, el tiempo se detiene en cada trino de un pájaro, en el graznido de un cuervo, en el grito agudo del aguilucho rasgando el cielo y se prolonga infinitamente en mil ecos, en cada roca, en cada arista de las montañas. Los nichos del cementerio sestean al aroma acido y húmedo de la tierra fértil.

Por la parte trasera del cementerio una senda se asoma al río y descansa en una playita de arenas enlodadas; en el tronco de uno de los árboles que flanquean el acceso, he visto clavadas unas flores de plástico, rosas de vivos ribetes violáceos, en memoria (como esos pequeños santuarios al borde de las carreteras que recuerdan una tragedia) de un muerto que no quiso quedarse en el cementerio a descansar sus días en las mañanas soleadas. (Así quiero verlo yo, o imaginármelo al menos) Paso por allí, quizá saludo a aquellos que en su día no pudo, pero no quiso quedarse. Refresco sus pies de ceniza en el rió y se fue aguas abajo saltando sobre cascadas de espuma hacia mares encabrillados y el arco iris reflejado en cada gota que el viento lanza salpicando las arenas, pulidas a los rodados cantos del camino donde tropezaron tantas vidas. Quizá vuelva de nuevo entre la lluvia a regar los campos agostados en las tardes de verano para continuar una y otra vez su viaje interminable por los ríos de la tierra

Hunde sus muros el cementerio de Niembro (Llanes -Asturias) en las arenas  de las marismas

Las almas se bañan  al ascender las mareas ; huelen  a profundidades y algas  y cabalgan  sobre lomos de gaviotas hacia cielos de luz y mares infinitos

El ángel blanco de Limona corona el cementerio de Comillas (Cantabria); oteando horizontes de mar y montaña vela, desenvainada su espada flamígera, el descanso de las almas

Cine en la memoria

El campo que rodea a las ciudades debe pagar la mayor parte de las veces un gran tributo. La voracidad de estas destruye lo natural y esa simbiosis perfecta que es el entorno rural, conviviendo en armonía gentes, animales y naturaleza; sirviéndose unos de otros sin maltrato, sin codicia y en un respetuoso equilibrio entre el dar y recibir.
Hace unos años disfrutaba de este entorno a diez minutos de paseo desde mi casa. Ahora es una urbanización bien diseñada, con casas bonitas, caras y de excelentes vistas. Se han destruido bosquecillos, caserías, prados donde el ganado pastaba; se ha transformado el terreno, aterrazandolo y colgando bloques de edificios, se han asfaltado avenidas y construido chales en la planicie central en torno a un espacio verde amplio y bien diseñado parecido a un circo romano con las gradas de césped y en el foso un lago de cantos rodados desde donde se aprecia como las edificaciones rozan con sus tejados la línea del cielo.
He visto a lo largo de los últimos años esa transformación; como las máquinas iban mordiendo la tierra, devorándola, convirtiéndola en parcelas edificables. No se respeto nada, ni un árbol quedo, ni una sola brizna de hierba, ni piedra sin remover hasta llegar al límite de las autovias, al borde de lo edificable. Allí se desbrozó el terreno de maleza y se acondicionó una senda por todo el borde de la pendiente, a modo de balconada mirando hacia los horizontes montañosos; los árboles importantes fueron respetados y podados equilibradamente. Donde la senda llega a su punto más alto y se integra en la zona urbanizada hay un roble anclado sobre una pequeña prominencia del terreno rodeado de una esponjosa alfombra de césped y en la parte que mira al valle tiene el terreno una oquedad en la que una piedra encajada ofrece un cómodo asiento desde donde asomarse a las múltiples vías de entrada y salida a la ciudad .Al regreso de mis paseos con mi perro, me sentaba al caer la tarde y miraba los coches alejarse y perderse al pie de las montañas mientras las luces se encendían como luciérnagas ascendiendo por los lomos de las colinas revelando un asentamiento humano. Allí deposite parte de las cenizas de mi padre, para que tuvieran buena y entretenida vista; así al caer la tarde de vuelta de mis paseos fumaría una pipa mientras en silencio contemplábamos las últimas luces de la tarde reflejadas, a lo lejos, en las fachadas de los edificios y veríamos los coches regresar o partir en busca de un refugio donde abrazar la noche. Nunca hablamos mucho cuando los dos pisábamos la misma tierra, quizá ahora en que ya no son necesarias las palabras, entienda mejor mis silencios y conozca un poco más mis inquietudes. Ahora estamos cómodos.
Ayer volví de nuevo por allí. Me senté en el parque a leer un poco y cuando el sol encharcaba el horizonte con su rojo crepúsculo seleccione en mi reproductor de música el final de la novena sinfonía de Beethoven (Ese invento de la técnica de oír la música en tu cabeza, por medio de unos auriculares, debe de parecerse al canto de las sirenas de Ulises) ¡Apoteósico!
Cuando el sol se oculto, las farolas fueron moteando las avenidas con su luz anaranjada como velas titilando en la difusa línea entre la luz y la oscuridad; la música continuo en un tono más melancólico y yo dirigí mis pasos de regreso por la senda de siempre, pensaba detenerme bajo el roble y encender la última pipa y en el silencio de las sombras comentar con mi padre este día sin historia. Al acercarme divise dos figuras y un perrillo husmeando en su base, ya mas cerca pude comprobar como dos adolescentes lesbianas daban rienda a su amor furtivo en abrazos y caricias, al calor de una luna llena enmarañada entre las ramas como una bola incandescente de deseo. Me percate que en ese momento sonaba el adagio del concierto para clarinete de Mozart y recordé el final de Memorias de África: “Dicen que han visto leones en la tumba de Finch-Hatton. Un león y una leona, al alba y al crepúsculo, llegan y permanecen largo tiempo, de pie o tumbados. El terreno fue nivelado formando una especie de terraza, desde allí pueden ver toda la pradera y la caza que hay en ella. A Denys le gustará saberlo. Tengo que contárselo.”
Otro día cuando pase por allí y estemos solos tengo que contárselo a mi padre. Seguro que no le gustará ni aprobará aunque haya aprendido a respetarlo, pero a mi, me ha parecido muy hermoso.

Oviedo, 18/10/2011