Sobre la mirada fotográfica

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La fotografía digital ha acercado al gran público la posibilidad de capturar una imagen en cualquier momento y lugar. Quien no tiene hoy en día en el bolsillo un teléfono con una cámara de gran resolución. Esto, unido a la rápida difusión y la manipulación en el ordenador, esta produciendo tal saturación de imágenes que pronto no quedará rincón en el mundo que no haya sido fotografiado, amen de la redundancia de temas, lugares y motivos fotográficos.

Los nuevos métodos de almacenamiento de imágenes, el reducido espacio que ocupan y su mínimo coste, hacen accesible a todo el mundo el universo fotográfico. El automatismo de las cámaras compactas y sus programas incorporados dotan a todo aquel que aprieta un disparador en un receptor de imágenes, la mayor parte de las veces sin una mirada propia pero de una sorprendente calidad.

¿Que queda hoy para el que tiene una mirada fotográfica? Su fotografía, la única, la definitiva.

Al mirar por el ojo de una cámara, uno ve una imagen subjetiva y luego la cámara la transforma en objetiva y, que no se corresponde con tu idea preestablecida. No te gusta. Tú interpretas unos símbolos reconocibles y quieres darles forma en una imagen y la cámara interpreta otra, y te la muestra distinta, no es real al ojo humano, por distinto ángulo de visión y tiempo transcurrido en la acción. Puede gustarte, satisfacerte el resultado, pero no es lo que habías visto, trascurrió en el momento en que el visor se oscurece al abrirse el objetivo y tú no presenciaste la imagen, no fuiste testigo del cambio y el movimiento que se produjo en esa fracción de segundo. No ves lo que fotografías, solo la cámara estuvo allí para contártelo más tarde.

Nos sorprenden las cámaras automáticas y las fotos de los otros porque aciertan en donde tu fallaste estableciendo unos parámetros de luz y exposición temporal, una evaluación del entorno y el enfoque, unas referencias de volumen y sombras que realcen el relieve, dándole profundidad de campo, para evitar una imagen plana y muerta. En definitiva, la foto que tú tenías en mente, pero alguien, sin más miramientos, llegó, apuntó, disparó… ¡Y ahí está la foto! Mejor que la tuya. Y además, te gusta

Cuando descargo las imágenes en el ordenador, la mitad de las fotos las elimino, otro 25% se puede salvar manipulando el brillo o el contraste, o retocando el color para darle unos tonos más cálidos o fríos y quedan ahí como material de relleno; del 25 restante un 15% son correctas pero demasiado tópicas y típicas y del 10% que queda, con suerte, puedo escoger una que de sentido a tanto apretar el disparador. Esa foto ha capturado el momento, lo ha interpretado como recordábamos haberlo visto, e incluso, ha ido más allá de nosotros, dándonos un tiempo vivido que nos prolonga intemporalmente en ese instante ya muerto al que hemos sobrevivido. Cada foto es un tiempo perdido, una muerte impresa. Cada vez que pestañeamos, una luz se extingue y comienza un nuevo periodo de tiempo. La cámara tiene la capacidad de retenerlo.

¿Que nos queda de una foto, que nos satisface? – Poder interpretarla y comprenderla, reconocer la luz, el espacio, la forma; que nos sugiera sonidos texturas, que despierte sentidos y emociones, que podamos perdernos en la imagen como si fuéramos parte de ella. En situaciones de catástrofes, una de las cosas que el ser humano intenta salvar son sus fotografías. Porque son parte de su memoria histórica. Sus recuerdos, lo que nos da forma en el tiempo. Pero efímero, tan solo mientras vivimos.

Yo hago fotos porque no se pintar, no se ilustrar mis ideas, aunque lo intente. Hago fotos con la intención de un día poder dibujarlas y colorearlas como viven en mi retina y en mi memoria. Hago fotos porque no tengo tiempo de sentarme y dar forma a la luz y al movimiento que me rodea, al calor y el aroma que me acompañan y se sientan a mi lado. No considero la fotografía como un arte sino como un oficio de excelentes y evocadores resultados, que te permite acercarte a la realidad o inventarla,  manipulándola a través de unos resortes mecánicos que influyen en unas laminillas para que se abran y dejen pasar la luz imprimiéndola en una imagen reconocible. Tú no eres el intérprete, es la cámara, y lo interpreta con su método preestablecido. Para mi el arte hay que moldearlo con las manos y mis manos son torpes y torpe es aún hoy mi afición de fotógrafo.

Mientras tanto, seguiremos llenando el mundo de buenas y malas instantáneas, eso también nos entretiene y desarrolla nuestra capacidad de observación y comprensión, proporcionándonos momentos felices para recordar.

Esas serán las fotos que nos queden. Siempre serán buenas fotos para nosotros. Y nos gustan

 

Indicadores periféricos externos

Estoy desolado. Hemos perdido el interés por nuestra prima de riesgo. Seguíamos su pulso diario, su temperatura, como si de un familiar se tratase, necesitado de toda la atención y preocupación por su delicado estado. Nos estamos alejando. Los partes médicos cada vez son más escuetos, ahora tan solo nos referimos al paciente en base a sus INDICADORES PERIFÉRICOS EXTERNOS. Hoy, la prima ya nos cae gorda, nos aburre.

Mientras tanto el presidente de nuestra conferencia episcopal se encomienda a la inspiración del Espíritu Santo para que nos guíe en la elección de un nuevo Papa, no nos aconseja indagar en la palabra de dios o en la ética de sus mandamientos, que, desprovistos de la fe ciega y colocados en la balanza de una justicia sin venda, podrían figurar en cualquier declaración universal de derechos humanos.

Nos queda al menos ese espejo publico de las televisiones donde un tal Vázquez se mantiene firme denunciando, con su delicada sensibilidad, las injustas envidias hacia unos personajes maltratados por una sociedad que los arrincona, desprecia y calumnia; o ese emblema del frescor juvenil y espontáneo; ese faro que alumbra desde Gandia Shore y sus homólogos internacionales de unos jóvenes comprometidos con su tiempo, un tiempo de tocarse los genitales y lucir, como monos ornados de seda, en un entorno sembrado y mancillado por sus propias excrecencias.

Vendrá algún listillo militante de círculos populares y nos dirá que eso es consecuencia del continuo recorte en cultura y educación. Y es que cuando a esta sociedad de nuevos ricos se le proporciono el acceso a la cultura, solo la utilizo para acrecentar su ignorancia esculpiéndola   en letras de oro para habitar en palacios deslumbrantes sin el correspondiente saneamiento interno de sus estructuras y sin unos pilares sólidos en los que fundamentarse.

Triste pueblo, el nuestro, muy triste, ignorante, vacuo y provinciano en el peor sentido de la palabra (perdón, soberanista y defensor de identidades culturales). Si bastante analfabetos somos, en el global de la cultura actual, solo nos faltaba alardear en los foros internacionales de alpargatas