Y nacieron las palabras

Seguro que hubo un dios que planto aquí y allá las primeras palabras (semillas) que una vez pronunciadas brotaron como árboles agarrandose a la tierra, ahondando en ella sus raíces para sostener todo el lenguaje que floreciese de sus ramas;  ramas como brazos extendidos hacia un cielo azul de luz brillante, acariciadas de suave brisa.

De cada rama nacieron hojas y en cada hoja una palabra con un nombre. Una explosión de nombres; frescos y jugosos en primavera, perezosos y cálidos en verano, perfumando las noches de titilantes estrellas para gastados, en melancólicas tardes de otoño, y abrasados en un fuego de colores caer lentamente alfombrando las veredas de los parques como gráficos impresos en el tiempo inmortal de la memoria.

Y quedarán las ramas desnudas al frío y la lluvia del invierno, rugosas las cortezas abrigando la savia dormida que atesora nuevos brotes.

Diferentes palabras surgirán una y otra vez en hojas nuevas, sobre nubes grises y densas nieblas, en troncos más altos, y de más firmes raíces, alimentadas estas por aquellas que, moribundas, yacen desgastadas dándoles sustento y germinará el fruto de su rendido sacrificio en nuevos árboles al abrigo de los más fuertes, de todos los tamaños, de todas las edades y formarán bosques  y en sus suelos cubiertos de hojarasca se pudrirán  enterradas en la tierra palabras perdidas que habrá que rescatar de olvido y la mentira para ascender  a esas que crecen a la luz de la verdad, en lo alto de sus copas .

Y al borde de los bosques quizá germine y multiplique una hierba en verdes prados y una flor abra sus pétalos en un suspiro de color y al tratar de pronunciarlas nacerán nuevas palabras. Serán jardines de palabras, vergeles de ricas frases engranando palabras en guirnaldas de coloridas flores; buscaremos la flor más bonita para nombrarla con la palabra más hermosa y a esas palabras hermosas habrá que darles vida con otras que las enreden, las transporten; asignarles nombres de seres vivos: Animales. Se llamarán caracol, mariposa, pájaro, (que en su vuelo transporte lejos sus semillas intercambiándolas con otros bosques y trayendo nuevos sonidos) ardillas, trepando por sus ramas y agitando las hojas; zorro, escarbado en mantos de hojas en busca de la palabra oculta que les sacie el hambre; ciervos, alimentándose de hojas impresas de palabras; lobos, nutriéndose de devoradores de hojas parlanchinas y búhos con sus grandes ojos abiertos velando el sueño de las hojas silenciosas.

Al final encontraremos la última palabra: El hombre ¿Será la más hermosa o la más temida? Sin duda será el heredero de todas las palabras y tendrá el supremo don de pronunciarlas todas; será su guardián; cultivará jardines de flores con los nombres más vivaces: narcisos, prímulas, tulipanes pensamientos, alegrías siemprevivas; sembrará bosques de frondosas hayas, abedules, castaños, robles… ¡Nombres sabios serenos fuertes! También puede ser su verdugo, arrancando los jardines, quemando los bosques, construyendo, en espacios baldíos, casas vacías de palabras tras muros de rígida ignorancia.

Pero solo el será capaz de ordenar todas las palabras que florecen y entre ellas encontrar la más hermosa: LA INMARCESIBLE

El 23 de abril de 2006, La Escuela de Escritores convoco, por vez primera vía Internet, una consulta para buscar la palabra más hermosa de nuestra lengua. Con este pequeño ejercicio pretendía apuntar algunas

Objetos de escritura

Hay hombres (yo se de uno) que aman la palabra y para atraparla se rodean de bolígrafos, plumas y todo tipo de cuadernos de escritura donde poder utilizarlos y exponer tan bello arte. A nuestro hombre le gustaban todos y con todos quería escribir en sus libretas, llenarlas de historias que tuviesen sentido, con vivencias que atestiguaran su paso, su lugar en el tiempo.

El simple hecho de tener tal artilugio entre sus manos le producía un efecto de ensimismamiento. El placer de la escritura, la magia de la bolita, que rodando dejaba pasar la tinta e iba llenando hojas vacías, como sus días, se había convertido en una obsesión sin limites, que le mantenía despierto madrugadas enteras, a veces solo, garabateando folletos de ofertas de los centros comerciales. Sacaba todos los bolígrafos ordenadamente e iba poniéndolos uno tras otro, copiando eslóganes, haciendo círculos sobre los productos, recuadrándolos, subrayando titulares, indicando artículos con flechas; y con cada uno distinto que probaba sentía una nueva sensación de placer seguida de un angustioso vacío; cada diferente modelo se adaptaba  a un tipo de letra, según la delicadeza  del diseño y según el tipo de trazo que imprimía guiado por el perfecto acoplamiento de su forma en la mano. Pero nunca era capaz de vaciar su alma en aquellos ríos de tinta; nunca lograba que aquel placer que le producía el acto de escribir tuviese algún sentido. Si al menos hubiese vivido en el tiempo de los amanuenses, copiando  informes, anotando cifras, diseñando esquemas, caligrafiando textos, tendría sentido poder utilizar todas las variedades que existían, pero su trabajo  para nada le permitía  un uso sistemático de la escritura, para nada sus bolígrafos eran su instrumento de trabajo. Los tenía almacenados en cajones y a la hora de tomar una nota o hacer algún apunte siempre utilizaba el de menos categoría, el más corriente.

En el silencio de las madrugadas, a solas, gozaba de aquellos instrumentos, girándolos entre los dedos, mirándolos, acariciándolos, rellenando una y otra vez papeles inútiles; escuchando el clik-clak que producía el muelle al presionar la barra de tinta para dejar al descubierto la punta cónica de final redondeado (Le fascinaba el sonido seco y profundo del mecanismo de la marca Parker, en especial del modelo jotter, era como el sonido de una Haley Davison, tan emblemático, tan peculiar).

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Y mientras tanto, su otra afición, las libretas, permanecían en blanco esperando ser profanadas por aquellos seductores artilugios de escritura; viajaban por ciudades fascinantes junto con bolígrafos y plumas que debieran dar fe de las aventuras, los personajes, los lugares, las referencias que atestiguaran lo visto de otras gentes, culturas, paisajes, historia o arquitectura, pero siempre regresaban vacías; nunca aquellos momentos que por un instante llenaron los ojos de emoción ante una pintura o quedaron asombrados por la ingeniería del hombre fueron plasmados minuciosamente por ninguno de los que llevaba en los flamantes cuadernos de viaje. Solo quedaban las largas noches, el recuerdo lejano y la contemplación de aquellos objetos de escritura, los garabatos, las miles de firmas para comprobar el trazo, las frases incoherentes, escritas en cursiva, en letra redondeada y lenta, o grafismos incomprensibles sobre papeles que acabarían en la bolsa de reciclaje. Y era triste para aquel hombre, que tanto amaba la escritura y aquellos preciosos instrumentos que la creaban, sentir que toda contemplación, todo tacto, todo placer que aquellos objetos producían nunca llegarían a un fin; nunca tendría tiempo a usarlos todos, nunca llenaría tantas páginas de bella encuadernación con instantes y testimonios de su propia vida.

Él quisiera vivir en esos objetos, quisiera llenarlos de vida y ser parte de esa magia, esa maravillosa magia en que las letras se encadenan en palabras, en historias; ese don maravilloso del saber que es poder interpretar una técnica llamada caligrafía y su entendimiento por medio de la lectura. Y quisiera escribir para leer y releer su vida y paladear sensaciones pasadas, quisiera agotar páginas y cartuchos de tinta, seguir acariciando uno por uno todos sus bolígrafos y reír y llorar a través de ellos, sintiéndolos en la mano, utilizándolos, porque si la palabra puede nombrar los sentidos, el Ser y la pluma que dibuja la palabra puede componer el canto más bonito.

Seguirá aquel hombre cada noche de su vida fascinado con sus bolígrafos y plumas (y sus montones  de lápices, que no habíamos mencionado) y mirando sus libretas sin atreverse a escribir una sola línea por miedo a que no sea importante, seguirá adorándolos mientras garabatea en folletos de propaganda, esperando el día en que la mano y el objeto den testimonio y sentido a tantas horas inútiles venciendo madrugadas, porque  al ir gastándolos,  llenando paginas , será como gastar su propia vida, disfrutándola plena, con la carga experta de los años, con los ojos llenos y las manos sabias de tacto y de caricias; y el mundo le parecerá más comprensible porque ha intentado interpretarlo, llenándolo de palabras, en pequeñas notas  aquí o allá, dejadas a su paso, cada una con una tinta diferente.

Año 2009