Últimas tardes de verano

Tardes calurosas de rayos abrasadores, no tan altivos, más pegados a la tierra, que se filtran a través de la hojarasca y se refrescan centelleantes en las aguas del río,

IMG60D_0029 IMG60D_0028

que acarician las copas de los árboles encendiéndolas como farolas, aún tempranas, en las nacientes sombrasIMG60D_0048-2

IMG60D_0047-2

Últimos colores del verano. Un verano ya maduro y agostado, de tardes lánguidas prolongadas en los ecos de los valles, tardes que sestean en aguas oleosas y sombrías; tranquilas y mansas, varadas sobre orillas pantanosas

IMG60D_0045-2

Tardes que enmudecen en una sinfonía de verdes antes de ser abrazadas por la noche

IMG60D_0058 IMG60D_0054-2

Sobre la mirada fotográfica

P1000658-fragmto

La fotografía digital ha acercado al gran público la posibilidad de capturar una imagen en cualquier momento y lugar. Quien no tiene hoy en día en el bolsillo un teléfono con una cámara de gran resolución. Esto, unido a la rápida difusión y la manipulación en el ordenador, esta produciendo tal saturación de imágenes que pronto no quedará rincón en el mundo que no haya sido fotografiado, amen de la redundancia de temas, lugares y motivos fotográficos.

Los nuevos métodos de almacenamiento de imágenes, el reducido espacio que ocupan y su mínimo coste, hacen accesible a todo el mundo el universo fotográfico. El automatismo de las cámaras compactas y sus programas incorporados dotan a todo aquel que aprieta un disparador en un receptor de imágenes, la mayor parte de las veces sin una mirada propia pero de una sorprendente calidad.

¿Que queda hoy para el que tiene una mirada fotográfica? Su fotografía, la única, la definitiva.

Al mirar por el ojo de una cámara, uno ve una imagen subjetiva y luego la cámara la transforma en objetiva y, que no se corresponde con tu idea preestablecida. No te gusta. Tú interpretas unos símbolos reconocibles y quieres darles forma en una imagen y la cámara interpreta otra, y te la muestra distinta, no es real al ojo humano, por distinto ángulo de visión y tiempo transcurrido en la acción. Puede gustarte, satisfacerte el resultado, pero no es lo que habías visto, trascurrió en el momento en que el visor se oscurece al abrirse el objetivo y tú no presenciaste la imagen, no fuiste testigo del cambio y el movimiento que se produjo en esa fracción de segundo. No ves lo que fotografías, solo la cámara estuvo allí para contártelo más tarde.

Nos sorprenden las cámaras automáticas y las fotos de los otros porque aciertan en donde tu fallaste estableciendo unos parámetros de luz y exposición temporal, una evaluación del entorno y el enfoque, unas referencias de volumen y sombras que realcen el relieve, dándole profundidad de campo, para evitar una imagen plana y muerta. En definitiva, la foto que tú tenías en mente, pero alguien, sin más miramientos, llegó, apuntó, disparó… ¡Y ahí está la foto! Mejor que la tuya. Y además, te gusta

Cuando descargo las imágenes en el ordenador, la mitad de las fotos las elimino, otro 25% se puede salvar manipulando el brillo o el contraste, o retocando el color para darle unos tonos más cálidos o fríos y quedan ahí como material de relleno; del 25 restante un 15% son correctas pero demasiado tópicas y típicas y del 10% que queda, con suerte, puedo escoger una que de sentido a tanto apretar el disparador. Esa foto ha capturado el momento, lo ha interpretado como recordábamos haberlo visto, e incluso, ha ido más allá de nosotros, dándonos un tiempo vivido que nos prolonga intemporalmente en ese instante ya muerto al que hemos sobrevivido. Cada foto es un tiempo perdido, una muerte impresa. Cada vez que pestañeamos, una luz se extingue y comienza un nuevo periodo de tiempo. La cámara tiene la capacidad de retenerlo.

¿Que nos queda de una foto, que nos satisface? – Poder interpretarla y comprenderla, reconocer la luz, el espacio, la forma; que nos sugiera sonidos texturas, que despierte sentidos y emociones, que podamos perdernos en la imagen como si fuéramos parte de ella. En situaciones de catástrofes, una de las cosas que el ser humano intenta salvar son sus fotografías. Porque son parte de su memoria histórica. Sus recuerdos, lo que nos da forma en el tiempo. Pero efímero, tan solo mientras vivimos.

Yo hago fotos porque no se pintar, no se ilustrar mis ideas, aunque lo intente. Hago fotos con la intención de un día poder dibujarlas y colorearlas como viven en mi retina y en mi memoria. Hago fotos porque no tengo tiempo de sentarme y dar forma a la luz y al movimiento que me rodea, al calor y el aroma que me acompañan y se sientan a mi lado. No considero la fotografía como un arte sino como un oficio de excelentes y evocadores resultados, que te permite acercarte a la realidad o inventarla,  manipulándola a través de unos resortes mecánicos que influyen en unas laminillas para que se abran y dejen pasar la luz imprimiéndola en una imagen reconocible. Tú no eres el intérprete, es la cámara, y lo interpreta con su método preestablecido. Para mi el arte hay que moldearlo con las manos y mis manos son torpes y torpe es aún hoy mi afición de fotógrafo.

Mientras tanto, seguiremos llenando el mundo de buenas y malas instantáneas, eso también nos entretiene y desarrolla nuestra capacidad de observación y comprensión, proporcionándonos momentos felices para recordar.

Esas serán las fotos que nos queden. Siempre serán buenas fotos para nosotros. Y nos gustan

 

Con los Idus de Marzo

Se filtran los primeros rayos cálidos de marzo, entre los troncos desnudos, se reflejan en las cantarinas y frescas aguas de rendidas nieves, caldean los esponjosos suelos de musgos donde florecen tempranas las prímulas y las violetas, entre restos de hojas y nuevos brotes, se elevan los narcisos inclinando sus delicadas trompetas en una danza de suave brisa y destaca escondida la solitaria flor de la genciana , las liliáceas abren sus racimos entre espesas cascadas de brillantes hojas y ranúnculos amarillos centellean ofreciendo a los insectos el tesoro de su polen.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

 

Llega la primavera a las frondosas riberas de los ríos, a los umbríos senderos de los bosques y todo brilla fresco y renovado. Los Idus de marzo ya están aquí, han sobrevivido a otro invierno frío para rendir homenaje a la barbarie y la destrucción.

Tiempo de castañas

IMG_5399-(2)

Se filtra la luz del atardecer entre las castañedas encendiendo una paleta de colores verdes, amarillos y ocres. Los prados se visten de hojas y los castaños apostados a lo largo del sendero extienden su alfombra crujiente para amortiguar la caída de los erizos repletos del fruto de la castaña.

El paseante se sorprende con el chasquido de un ruido que se pierde entre la hojarasca, o el golpe profundo y sonoro sobre la tierra dura del camino. Revienta el erizo y rueda la castaña, brillante, la piel lustrosa, como la de un zapato recién embetunado.

Recoge el lugareño los frutos y también el paseante ocasional, con su bolsa de supermercado, para el consumo familiar, en las tardes de otoño, al calor del hogar.

Llegarán después a las ciudades, cuando el frío y la lluvia se instalen anunciando el invierno. Y en las noches tempranas barridas por la lluvia, azotadas por el viento que curva amenazante los paraguas, llegará desde una esquina el olor dulce, harinoso y cálido de las castañas asándose en un puesto callejero. Despertará en el viandante el recuerdo de la infancia y buscará unas monedas para comprar un cucurucho de papel de periódico repleto de ardientes castañas, que guardará en el bolsillo del abrigo, protegiendo con su mano el calor que desprenden; apretará el paso para llegar a casa sin que se enfríen, manteniendo vivo el rescoldo de carbón y humo de la corteza tostada. Con una sonrisa satisfecha abrirá la puerta y compartirá con los suyos ese resto de tradición que se repite cada otoño en las tierras bendecidas por los bosques que aún perduran.