La Fábrica de loza de San Claudio

Cierra sus puertas la fábrica de loza de San Claudio. Apago sus hornos; Sus chimeneas son como viejos troncos resecos en el paisaje, asediados por la hiedra y los arbustos. Vieja, destartalada, abandonada, desconchados sus muros, devorada por la maleza; Aquí y allá  maderas, hierros retorcidos y oxidados, viejos utensilios tirados en el entorno, amontonados bajos los techos hundidos de los edificios en desuso. Restos de un pasado de plena actividad. Siempre la recuerdo así, ajada en medio de un entorno caótico, pero dentro de sus muros seguían elaborándose aquellas piezas únicas que luego lucían en las tiendas, símbolo de tradición artesana.

Se ven a través de las ventanas, de sucios y rotos cristales, piezas almacenadas esperando la piqueta que los sepulte y glorifique como restos de antigua arqueología.

Allí compramos los primeros platos, ensaladeras, fuentes, salseras, juegos de te y café con las que ir poniendo color a un hogar. Los sacábamos las tardes de domingo y sobre aquellas fuentes, decoradas con frutos o paisajes orientales, lucían golosos los bollos y pastelitos y en las tazas vertíamos el té escuchando música de Jazz y jugando al Scrabble, mientras Livia se adiestraba en la búsqueda de palabras y el ritmo del jazz ponía melodía a un futuro de cariño y esperanza y la tarde se dormía a las sombras y al frío  mirando en el interior de aquella ventana de juegos  y dulces meriendas con el brillo en los labios y en las manos, la pesada, redonda y carnal loza de la fábrica de San Claudio.

Poco a poco fuimos adquiriendo vajilla. Siempre tenían en oferta las piezas defectuosas: Una burbuja, una motita de polvo atrapada en el esmalte…Un lujo para nuestro incipiente poder adquisitivo. Recuerdo el almacén frío (casi siempre por época Navideña) y las estufas de gas en las esquinas; la vuelta en tren o en autobús, con las cajas celosamente protegidas, difíciles de llevar.

Fuimos esta última semana, como muchos, cuando anunciaron su cierre en la prensa.; esta vez con coche propio para trasportar las cajas y con una ilusión más gastada. Estuvimos más de tres horas en la cola para pagar y llevar algo que casi no necesitábamos, quizá para tener un pedacito de historia y mantener el recuerdo vivo por algo más de tiempo.

Livia compro sus primeros platos para cuando tenga su casa.

28 de abril de 2009

Dos días después la fábrica cerró definitivamente después de 107 años de actividad.

 

La fabrica esta declarada como Bien de Interés Cultural, con la categoría de Conjunto Histórico por su indudable importancia en la historia industrial Asturiana: Su producción era sinónimo de calidad. Tiene dueño y ha de ejercer el deber de conservación según la ley.

Destacan los edificios, hornos, chimeneas y las casas adyacentes al complejo que datan de la apertura de la fábrica en 1901, además del valioso archivo documental de la Fábrica de San Claudio y un conjunto de 9.726 piezas vinculadas a la producción histórica de la misma

      Andrea Suárez. La voz de Asturias 30 de abril de 2011

Hoy, tres años después, he vuelto por allí; el deterioro avanza, hay más basura amontonada, más cristales rotos, más techos hundidos, más paredes desconchadas, las fachadas desvaídas, la maleza avanzando imparable, devorándolo todo…

Un caballo blanco pasta entre las zarzas, como si fuese el descendiente de un unicornio que se hubiera escapado del estampado de una pieza de loza. Se acerca a mí, le acaricio el hocico y después de mirarme un rato se vuelve hacia los viejos muros de la fábrica mientras el sol, como una naranja incandescente, se oculta tras los tejados intensificando las sombras en otro día de olvido

29 de marzo de 2012

El bosque de Vega (Oviedo)

Se bate el bosque en retirada emboscándose en el fondo del barranco

Ejércitos de edificios avanzan, van tomando las colinas y observan prestos al ataque.

Van conquistando terreno, asentando en el paisaje sus plazas.

Miles de heridos.

Mutilados.

Terrenos asolados.

Cadáveres yacen.

¡Retirada! ¡Agrupaos!

Resistiremos en el fondo de la espesura!

¿Cuanto tiempo resistirá?

En su parte baja lo acuchillan las autovías, en lo alto se descuelgan las urbanizaciones de lujo, caras y de buenas vistas.

De pequeña mi hija lo llamaba el bosque de papá y temerosa me preguntaba si sabia salir de allí mientras miraba con recelo a aquellos árboles fantasmagoricos  y carcomidos de tiempo

Por sus caminos están esparcidas las cenizas de mis padres

Y alli me encuentro bien, me encuentro en paz

El ayuntamiento tiene previsto proteger este espacio en su último plan urbanístico ¡Que asi sea!

El alma que no quiso descansar en el cementerio

Aunque ni siquiera como última morada deseemos, hay que admitir que la mayoría de los cementerios tienen buenas vistas.

¿Quien escoge su ubicación? ¿Quizá  la comunidad; el primer ser humano que se asentó en el lugar y determino, así como donde iría su casa, también donde reposarían su  huesos y que estos hubieran de estar alejados de donde se mueve la vida, pero sin perderla de vista; o a un lado del camino para saludarla en su ir y venir? Una elección casi siempre de autentico buen gusto. Hoy quizá los criterios empleados serian distintos y se limitarían a estudios técnicos de higiene y nada lógicos en los asuntos sentimentales.

En ciudades medianas y villas (las grandes urbes acaban devorándolos en rincones de melancolía) gustan de lugares elevados desde donde seguir al acecho del pulso diario y con vistas a horizontes donde descansar la mirada.

En los pequeños pueblos te saludan al borde del camino, al entrar o al salir, son como pequeñas islas de reflexión donde terminan los paseos y desde allí se alcanza a ver los campos de labranza y pastoreo donde medra el fruto de los vivos.

En los puertos de mar son hermanos de los faros, vigilantes del horizonte y saltan desde acantilados a lomos de gaviotas.

En las zonas de montaña, ocupan el lugar mas elevado y compiten con las águilas en su vuelo.

A veces también reposan en lo profundo de un valle, al lado de un río para tener siempre una vía de escape, un fluir sin límites en las aguas cristalinas.

Siempre, en todos los lugares, a su lado una ermita, una pequeña iglesia, que de sombra y asiento al caminante. A mi, me gusta sentarme al abrigo de estas ermitas y no me incomodan nada las almas del cementerio, incluso parece que se sientan tranquilamente conmigo y me arropan de paz y me regalan esa ausencia de tiempo que ellos atesoran.

En Villanueva, cerca de Proaza, hay una de estas pequeñas iglesias, al abrigo de montañas, en un valle soleado que empapa sus orillas en un río de aguas apresuradas y de nieves derretidas. El sol acaricia temprano la mañana despertándola de heladas y brumosas noches y la luz canta en miles de sonidos, a lo lejos, al compás del inseparable tolón-tolón de las esquilas del ganado que pasta en los verdes prados escarchados de rocío. Allí, el tiempo se detiene en cada trino de un pájaro, en el graznido de un cuervo, en el grito agudo del aguilucho rasgando el cielo y se prolonga infinitamente en mil ecos, en cada roca, en cada arista de las montañas. Los nichos del cementerio sestean al aroma acido y húmedo de la tierra fértil.

Por la parte trasera del cementerio una senda se asoma al río y descansa en una playita de arenas enlodadas; en el tronco de uno de los árboles que flanquean el acceso, he visto clavadas unas flores de plástico, rosas de vivos ribetes violáceos, en memoria (como esos pequeños santuarios al borde de las carreteras que recuerdan una tragedia) de un muerto que no quiso quedarse en el cementerio a descansar sus días en las mañanas soleadas. (Así quiero verlo yo, o imaginármelo al menos) Paso por allí, quizá saludo a aquellos que en su día no pudo, pero no quiso quedarse. Refresco sus pies de ceniza en el rió y se fue aguas abajo saltando sobre cascadas de espuma hacia mares encabrillados y el arco iris reflejado en cada gota que el viento lanza salpicando las arenas, pulidas a los rodados cantos del camino donde tropezaron tantas vidas. Quizá vuelva de nuevo entre la lluvia a regar los campos agostados en las tardes de verano para continuar una y otra vez su viaje interminable por los ríos de la tierra

Hunde sus muros el cementerio de Niembro (Llanes -Asturias) en las arenas  de las marismas

Las almas se bañan  al ascender las mareas ; huelen  a profundidades y algas  y cabalgan  sobre lomos de gaviotas hacia cielos de luz y mares infinitos

El ángel blanco de Limona corona el cementerio de Comillas (Cantabria); oteando horizontes de mar y montaña vela, desenvainada su espada flamígera, el descanso de las almas