Cine en la memoria

El campo que rodea a las ciudades debe pagar la mayor parte de las veces un gran tributo. La voracidad de estas destruye lo natural y esa simbiosis perfecta que es el entorno rural, conviviendo en armonía gentes, animales y naturaleza; sirviéndose unos de otros sin maltrato, sin codicia y en un respetuoso equilibrio entre el dar y recibir.
Hace unos años disfrutaba de este entorno a diez minutos de paseo desde mi casa. Ahora es una urbanización bien diseñada, con casas bonitas, caras y de excelentes vistas. Se han destruido bosquecillos, caserías, prados donde el ganado pastaba; se ha transformado el terreno, aterrazandolo y colgando bloques de edificios, se han asfaltado avenidas y construido chales en la planicie central en torno a un espacio verde amplio y bien diseñado parecido a un circo romano con las gradas de césped y en el foso un lago de cantos rodados desde donde se aprecia como las edificaciones rozan con sus tejados la línea del cielo.
He visto a lo largo de los últimos años esa transformación; como las máquinas iban mordiendo la tierra, devorándola, convirtiéndola en parcelas edificables. No se respeto nada, ni un árbol quedo, ni una sola brizna de hierba, ni piedra sin remover hasta llegar al límite de las autovias, al borde de lo edificable. Allí se desbrozó el terreno de maleza y se acondicionó una senda por todo el borde de la pendiente, a modo de balconada mirando hacia los horizontes montañosos; los árboles importantes fueron respetados y podados equilibradamente. Donde la senda llega a su punto más alto y se integra en la zona urbanizada hay un roble anclado sobre una pequeña prominencia del terreno rodeado de una esponjosa alfombra de césped y en la parte que mira al valle tiene el terreno una oquedad en la que una piedra encajada ofrece un cómodo asiento desde donde asomarse a las múltiples vías de entrada y salida a la ciudad .Al regreso de mis paseos con mi perro, me sentaba al caer la tarde y miraba los coches alejarse y perderse al pie de las montañas mientras las luces se encendían como luciérnagas ascendiendo por los lomos de las colinas revelando un asentamiento humano. Allí deposite parte de las cenizas de mi padre, para que tuvieran buena y entretenida vista; así al caer la tarde de vuelta de mis paseos fumaría una pipa mientras en silencio contemplábamos las últimas luces de la tarde reflejadas, a lo lejos, en las fachadas de los edificios y veríamos los coches regresar o partir en busca de un refugio donde abrazar la noche. Nunca hablamos mucho cuando los dos pisábamos la misma tierra, quizá ahora en que ya no son necesarias las palabras, entienda mejor mis silencios y conozca un poco más mis inquietudes. Ahora estamos cómodos.
Ayer volví de nuevo por allí. Me senté en el parque a leer un poco y cuando el sol encharcaba el horizonte con su rojo crepúsculo seleccione en mi reproductor de música el final de la novena sinfonía de Beethoven (Ese invento de la técnica de oír la música en tu cabeza, por medio de unos auriculares, debe de parecerse al canto de las sirenas de Ulises) ¡Apoteósico!
Cuando el sol se oculto, las farolas fueron moteando las avenidas con su luz anaranjada como velas titilando en la difusa línea entre la luz y la oscuridad; la música continuo en un tono más melancólico y yo dirigí mis pasos de regreso por la senda de siempre, pensaba detenerme bajo el roble y encender la última pipa y en el silencio de las sombras comentar con mi padre este día sin historia. Al acercarme divise dos figuras y un perrillo husmeando en su base, ya mas cerca pude comprobar como dos adolescentes lesbianas daban rienda a su amor furtivo en abrazos y caricias, al calor de una luna llena enmarañada entre las ramas como una bola incandescente de deseo. Me percate que en ese momento sonaba el adagio del concierto para clarinete de Mozart y recordé el final de Memorias de África: “Dicen que han visto leones en la tumba de Finch-Hatton. Un león y una leona, al alba y al crepúsculo, llegan y permanecen largo tiempo, de pie o tumbados. El terreno fue nivelado formando una especie de terraza, desde allí pueden ver toda la pradera y la caza que hay en ella. A Denys le gustará saberlo. Tengo que contárselo.”
Otro día cuando pase por allí y estemos solos tengo que contárselo a mi padre. Seguro que no le gustará ni aprobará aunque haya aprendido a respetarlo, pero a mi, me ha parecido muy hermoso.

Oviedo, 18/10/2011