El Ocle

¡Se acaba el verano! Las playas se quedan vacías poco a poco; los puestos de socorro y los chiringuitos van cerrando sus contraventanas y solo las puertas quedan de guardia a los últimos rezagados.

En la playa he visto algunas matas de ocle dispersas por la arena, enmarañadas entre las rocas, flotando entre los charcos…

El ocle es un alga que forma densas praderas en el fondo arenoso de los mares, madura a finales de verano y con las primeras mareas fuertes de fondo se desprende para flotar a merced de las corrientes hasta llegar a la playa y quedarse varada en las arenas con la bajamar; a veces en tal cantidad que parece una alfombra que lo cubre todo, desprendiendo un aroma de profundidades y fuerte olor a yodo. Se extrae una gelatina, el Agar-agar, con múltiples aplicaciones en cosmética, medicina y últimamente muy de moda en las nuevas elaboraciones de cocina de autor.

En el año 1981 recogí ocle en la zona de Llanes. Trabajé durante el verano en el camping de Celorio; al acabar la temporada las instalaciones se cerraban. Llegué a un acuerdo con el propietario consistente en que, a cambio de guardarlas, podía almacenar y secar ocle dentro del recinto. A mi cargo quedaba también el perro Pernales.

El Pernales y yo convivimos aquel otoño y principio de invierno en mutua compañía, en medio del silencio del camping vacío, entre los ecos lejanos de las máquinas de labraza y el susurro amortiguado de las olas en la playa. Cada uno hacia su vida durante el día y al final de la jornada el me acompañaba al pueblo y me esperaba a la puerta del bar mientras cenaba; al ver su fidelidad acabaron dejándolo entrar y se acurrucaba a mis pies, bajo la mesa, y en el calor de la estancia dormitaba placido y satisfecho, paciente y fiel.

Había días en que me acompañaba en mis recorridos por las playas y los acantilados, cuando yo oteaba las aguas en busca de balsas de ocle y la dirección que podían tomar. Y días en que no había actividad y, como si el lo supiera, se quedaba a mi lado y le cocinaba, en un hornillo, arroz con despojos que me proporcionaba el carnicero. Era todo un día de fiesta.

El día en que me fui no recuerdo haberme despedido del Pernales; quizá ninguno de los dos deseábamos una despedida, Nunca más lo volví a ver.

En el pueblo de Celorio y alrededores, la temporada de ocle supone una actividad complementaria que aporta a las familias una cantidad extra de dinero muy importante para sus economías. Todo el pueblo se dedica a ello y hay familias que se reúnen y consiguen considerables sumas.

A era el líder de un clan respetado e influyente; hice buenas migas con él y me tomó aprecio, me tomaba el pelo al principio diciendo que los de ciudad no estábamos hechos para aquello y que uno de la capital, como yo, no aguantaría, como tantos otros que lo habían intentado. Pero por alguna razón simpatizamos y fue poco a poco enseñándome a seguir las mareas, a observar desde los puntos clave. Salíamos de ronda por las noches y nos sentábamos a charlar en lo alto del acantilado bajo un cielo cuajado de estrellas y el rumor agitado de las olas al fondo. Me preguntaba por los ligues del verano, en el camping, con las extranjeras y contaba picaras historias de mujeres avivando mi fiebre juvenil. Un año (él además tenía negocios de hostelería) tuvo una aventura con una francesa. Ella continuamente le coqueteaba y luego se mostraba esquiva. Una noche, en una fiesta celebrada en la playa, no dejo ni un solo momento de rondarla, se decía: era el momento, ahora o nunca. Cuando ella se retiró hacia las rocas para mear, él la siguió y cuando más concentrada estaba en la tarea apareció por detrás y le cogió el sexo mientras orinaba.

-Me meó toda la mano, pero yo no solté y no tuvo escapatoria

Me imagino esa rendición ante tal explosión de instinto puramente animal. El sexo y algo de escatología son a veces una fantasía inquietante. Y me imaginaba a aquel hombre, de fuertes y rudas manos, abordando un cuerpo delicado sin ningún tipo de miramientos y produciendo un placer que yo con toda mi poesía y juventud no era capaz de proporcionar. El instinto sometiendo a la razón. Y me cabreaba conmigo mismo ¡Tonto idealista!

Como dice David Malouf en su novela Rescate: “Hombres de espíritu sencillo que se sienten seguros en su naturaleza animal, que no conocen la duda”.

El día en que me gané el respeto de A estaban todos observando, desde el pequeño embarcadero, unas manchas dispersas, pero compactas, de ocle flotando en el agua, esperaban pacientes  a que la corriente las acercaran y desde allí, con largos palos  rematados con una especie de peines de forja, subirlas a tierra. Nadie consideraba que mereciese la pena entrar en el agua para recogerlas. Entonces aparecí enfundado en el traje de buceo, clavé la pala de dientes en la arena acotando aquella plaza y con el cedazo en ristre acometí los bancos de ocle dejando sobre la arena, con la mar en retirada, montones de algas ante la mirada atenta del resto.  A también miraba. Supe después que según iba creciendo mi botín alguno propuso entrar, pero A les detuvo.

-Eso es suyo, se lo ha ganado con coraje, mañana sabrá lo que son las manos llagadas.

Desde aquel día me aceptaron en su equipo trabajando por parejas con una red. Las redes estaban rematadas por dos listones redondeados y pulidos; se entraba en el agua avanzando con los palos a ras de arena y con una ligera inclinación hacia el avance; cuando la curvatura de la red indicaba su panza llena, uno clavaba el palo en el fondo y el otro giraba en redondo 180º hasta juntar los palos por los extremos opuestos dejando así cerrado el contenido; sujetando ambos listones en una sola unidad tirábamos de la carga hasta depositarla a salvo de las olas. Si las playas permitían el acceso de los tractores se utilizaban redes mas grandes, se ataban a un cabo en el eje trasero y este las arrastraba mientras lo acompañábamos, juntos los palos, para asegurar la captura.

En el agua, éramos una unidad, uno de los dos siempre tenia que permanecer afianzado en el fondo, haciendo pie, nunca soltar tu extremo, al otro lado estaba tu compañero; si la marea nos arrastraba soltábamos la carga, clavábamos la red en la arena y rápidamente una cadena formada por eslabones de hombres y redes llegaba hasta ti, sentías una férrea mano agarrándote y después la fuerza mecánica del tractor nos arrastraba a todos, depositándonos a salvo en la arena.

La playa de Barro, tiene un acceso urbanizado, amplia, abierta, pero de fuerte oleaje. No se en base a que criterio, a que premisas ni a que plan establecido, estábamos aquel día apostados en los coches esperando, al resguardo del frío, tras los cristales empañados a las primeras luces del amanecer. Allí estábamos, hombres y tractores, esperando el momento oportuno del asalto. Algunas avanzadillas se acercaban hasta el mar para explorar el terreno y los distintos equipos se vigilaban unos a otros.

Aquella playa era un terreno neutral, nosotros no podíamos ir a Niembro a sacar ocle, y los de Niembro tampoco pisaban las playas de Celorio. Era una ley, pero Barro pertenecía a todos, estaba en el medio, era tierra de nadie.

A ya había recorrido la playa. Se acerco al coche abriendo la puerta al frío y la noche; nos dio la orden de que fuéramos poniéndonos los trajes disimuladamente y tomáramos posiciones en la parte izquierda de la playa donde flotaba una gran manta de ocle. Una vez allí, él acercaría el tractor. Fue entrar y todos los motores empezaron a carraspear y a tomar posiciones y  como en un desembarco, maquinas y hombres, invadieron la arena.

Apenas amanecía cuando ya estábamos enfundados en los trajes para emprender la faena. La noche había sido fría y dejado una fuerte helada. Los trajes, casi herméticos, guardaban todo el calor pero las manos y los pies se congelaban al contacto con el aire helado; dentro del agua no notabas tanto el frío, el agua se filtraba lentamente en una fina película que se calentaba casi al momento; solo en alguna sacudida un reguero se colaba por el cuello y te recorría la espalda como un latigazo. La mar estaba embravecida y con fuerte resaca; las algas flotaban más allá del rompiente de las olas, con lo que era una temeridad cruzar esa frontera. Estuvimos todo el día con pequeñas escaramuzas para poco rendimiento y a cada momento se formaban cadenas de rescate para sacar a los que se arriesgaban en exceso. La bajamar acabo tragándose todo resto de ocle y con la llegada de la tarde la jornada se dio por terminada. Una caravana de coches y tractores se deslizaba al caer la noche por las pistas de tierra hacia el pueblo de Celorio cuando alguien dio la voz. En la playa de la Tallada la mar había dejado una capa de ocle, en retirada, que cubría toda su extensión.  Todo volvía a comenzar.

Esta playa esta dentro de una propiedad privada, y se accedía a ella saltando un muro bajo, próximo al acantilado (La ley de costas no permite la privatización de las playas, ni el camino que bordea el mar. Prevalece el derecho de paso a pescadores). Es una playa estrecha y larga en bajamar, una lengua de fina arena entre las rocas.

No recuerdo si la noche era de luna llena o negra como las aguas, pesadas y lentas por tanta carga de las profundidades expulsada. Recuerdo correr hacia el agua, zambullirme y flotar en aquella espesa sopa de algas y la sensación de miles de tentáculos enroscándose en el cuerpo, agarrando los tobillos y las manos, que no estaban protegidos por la goma del traje; y las estrellas, las estrellas centelleando en otro abismo de negrura. Y gritar, gritar a pleno pulmón, liberando toda tensión.

La noche no tendría fin hasta que todas las algas estuvieran a salvo de la marea. Había que llevarlas hasta el fondo de la playa, incluso subirlas a las rocas, para que el agua no las reclamara de nuevo (la playa desaparecía con la pleamar).No se cuando dormíamos,  si nos relevábamos o lo hacíamos todo de un tirón, pero con la luz del día un nuevo ejercito se ponía en movimiento: mujeres, abuelos, niños, con sus carros, carretillos, palas, cestos de todos los tamaños, desfilando como un reguero de hormigas desde la playa hasta el borde del muro donde los tractores se iban cargando para, en un ir y venir, repartir los lotes en partes proporcionales a los miembros del equipo.

Ese día se casaba un primo mío y me hubiera gustado ir a la boda, presentarme allí, con mi pelo largo, mi barba dorada, mi tez curtida y mi leyenda de rebelde. Pero el trabajo duró tres días seguidos, sacando algas de la Tallada, de Troenzo, la de al lado, a la que se bajaba por unas escaleras practicadas en las rocas y las maquinas podían asomarse al borde del acantilado permitiendo el montaje de un sistema de cables y poleas para subir las algas en un gran cesto accionado por un “güinchi”(me imagino que proviene de la palabra inglesa winch) instalado en una “carroceta”de las empleadas en el monte para el trabajo de la madera.

El ocle no tenía horario, había que aprovechar cuando arribaba a las playas y sacar hasta la última mata que flotase en el agua. El siguiente paso era el secado en los prados antes de almacenarlo.

El sistema de secado es similar al de la hierba en estas tierras (Antiguamente, hoy ya no se seca la hierba ni se apila en balagares. Ahora la nueva generación de maquinas siega, enrolla y empaqueta en plásticos que van dejando dispersos en el paisaje, como enormes ruedas. He oído que la fermentación que se produce dentro del embalaje es muy buena para el ganado; pero a mi me gustaba mas ver las varas de hierba y almacenarla en los pajares, como lo viví de niño). Hay que extender las plantas de ocle en una fina capa sobre los prados, esperar que el sol y el aire las sequen y después darles la vuelta. Si en el día no seca, al llegar la noche se amontona en pequeñas balas, ahuecadas y puntiagudas para que, en caso de lluvia, el agua resbale y no penetre en el interior de la pilas. El agua dulce lo decolora bastante, dándole un tono rosáceo y pierde algo de peso. Para almacenarlo, ha de estar bien seco; una pequeña mata húmeda, en el interior de la pila fermenta y comienza a arder, es un fuego sin humo, sin llama, pero quema al contacto y puede dejar todo reducido a una pasta compacta y sin utilidad ninguna.

Almacenaba el ocle en una tienda de campaña, grande, con habitaciones y sala de estar. En el camping tenias muchas oportunidades de comprarlas de segunda mano. Cuando los campistas se quedaban sin dinero vendían las tiendas, sobre todo los alemanes, algunos ni les merecía la pena volver con ellas al año siguiente, les era más practico, rentable y les salía barato comprar una nueva y disponían de un dinero extra para la vuelta.

Instalé la tienda en el interior del camping, sin las habitaciones, construí una plataforma con tablones y troncos para aislarla del suelo y permitir el paso del aire y la ventilación y sobre ella fui apilando ocle. Allí, cabrían muchos kilos.

Una noche me despertó una fuerte tormenta de lluvia y viento. Fui corriendo hacia la tienda; varios vientos estaban rotos, las lonas ondeaban con fuerte batir y el agua lo anegaba todo. Fueron horas afianzando las lonas, con más cuerdas, con piedras; haciendo canales de desagüe alrededor; las lonas se hinchaban tensas; en cualquier momento amenazaban con rajarse (estaban viejas y acartonadas por el sol). Pero aguantaron. Acabé empapado y lleno de barro. El resultado solo podría valorarse a la luz del día: esperar y confiar. Todo salio bien Y en aquella tienda siguió almacenándose algas hasta que ya no quedó una cuarta entre estas y el techo de lona. Todos los días entraba en la tienda, tocaba el ocle: su tacto fibroso, nidio, su olor a yodo, sal, mar y espuma. Metía la mano dentro de la pila para comprobar su estado; estaba calido retenía el sol, las caricias del viento. Pasaba largos ratos contemplándolo y valorando el esfuerzo de lo que allí tenía almacenado.

A vendió mi ocle, como el de casi todos, él tenia un gran pajar donde cabían toneladas y las fabricas enviaban allí sus camiones centralizando así la recogida. Fueron tres mil kilos (tres toneladas que suena más contundente), a cincuenta pesetas, en el año 81, era una considerable cantidad que me permitió vivir sin hacer nada el invierno y la primavera siguiente. A me felicitó por ello. (Para un tipo solo era una cantidad importante: yo sacaba, secaba y almacenaba, mientas en las unidades familiares se repartían las tareas) Te esperamos el año que viene. Pero año siguiente fue otra historia. No se si en los años posteriores visité a A y al resto de buenos compañeros. Pero la distancia y el paso del tiempo nos vuelven extraños e irreconocibles.

Poco más queda de aquel tiempo; las fotos y quizá el traje continué empaquetado en el desván de mi primera vivienda. Lo guardé porque tenía la intención de darle otros usos: la pesca submarina. Lo utilicé un par de veces en el año siguiente. En una ocasión el grupo de amigos fuimos a la playa del Silencio (Novellana) en busca de oricios (erizos de mar) yo, con mi traje de buceo, me sumergiría a por los más grandes en una zona donde los pescadores del lugar decían abundaban. El mar estaba agitado y, como no tenía plomos, era incapaz de sumergirme; flotaba como un corcho y las olas me zarandeaban contra las rocas. La pesca fue infructuosa y tuvo que realizarse en los bares del pueblo. En el verano de ese año, alquilamos un chiringuito en la playa de La Isla (Colunga). Allí conocí a un farero y experto pescador. Quedamos en que me llevaría de pesca submarina. Y ese día llegó. Acababa yo de comer y se presentó él a toda prisa. (Parco en palabras y de movimientos pausados, en asuntos de pesca, era de lo más diligente) No había tiempo que perder: la marea era favorable y el pescado estaba entrando. Así que no podía perder la oportunidad.

Me dejó el cinturón con los plomos, el arpón y puede que también gafas y aletas. Me explico como cargar y disparar el arpón y nos lanzamos al agua. Nunca había bajado a profundidades de 15 ó 20 m. y con la excitación del momento, en las primeras subidas no hacía bien las descompresiones con lo que acabé mareándome y revolviéndoseme el estomago hasta el vomito. Había comido fabada y la vomité toda en el agua. Un estupendo macizo para los peces. No pesqué nada, aunque al final andaba muy cerca de acertar, pero la experiencia fue maravillosa. Hurgar bajo las rocas, en las cuevas y ver las chopas boqueando, con sus ojos inexpresivos mirándote paralizadas hasta que huían tras el disparo.

El Farero obtuvo una buena pesca y me dio varias piezas que preparamos en el bar y regamos con abundante vino mientras yo contaba como delante de mis ojos flotaban los restos de fabada y como los pececillos se lanzaban a por ellos y reíamos satisfechos. El farero me dijo que aprendía rápido y que tenía una buena cualidad como compañero de pesca: Que no molestaba. Quedamos en repetir la experiencia, pero nunca más se realizó. Acabado aquel verano tampoco supe más del farero; lo destinaron a otra provincia. Desde allí, o en cualquier punto donde estuviera seguiría vigilando la mar, olisqueando el aire, descubriendo corrientes por donde los peces viajan y repetiría aquella frase con la que, impostando una voz profunda, siempre le imitaban:

-“Tá la mar bella; voy tiramé”.

P.D.

“Me gustaría que el recuerdo de mi felicidad perdurará más allá del tiempo”

Andreé Guide, Les cahiers d´André Walter

Pocos recuerdos quedan y trato de atraparlos, de no perderlos para siempre. Quedan hoy las fotos y los negativos almacenados en una caja, que al abrirla, viejas imágenes y débiles recuerdos revolotean a tu alrededor, como destellos de la memoria reclamando un tiempo que se resiste al olvido. Un tiempo que quiere ser rescatado en nuestra historia. El tiempo que nos da forma y que hemos de poner en la balanza para valorar el provecho de nuestras vidas, poder afirmar que ha merecido la pena y confesar, como el poeta, que hemos vivido en esta hermosa residencia de la tierra, donde se puede ser libre con trabajo y esfuerzo.

Anuncios

Cuitas: SIETE

Pérez solía acomodarse en las barras de los bares de copas las noches previas a su día de descanso fumando y bebiendo hasta la hora de cierre. Los barman le trataban con respetuosa deferencia, era discreto y buen cliente y unido al hecho de que fumaba en pipa, despertaba la curiosidad de algún que otro solitario adyacente. Tenía especial imán para los plastas, los borrachos, algún que otro gay tanteando el terreno y ocasionalmente alguna pirada neurótica con la que siempre terminaba en una desabrida guerra de sexos.

En una ocasión un tipo de los no habituales acabo contándole su vida. Era funcionario de la administración autónoma, chofer. Habían ido a Bruselas a promocionar un producto, o cualquier otra chuminada, en que se gastaban los dineros públicos en fastos, dietas y demás zarandajas los diputados y personajillos regionales y que no tenia mas consecuencias que las de dejar una imagen de marcha,  juerga,  que todo el mundo es bueno y nosotros lo enrollados que somos.

El caso es que este buen hombre después de pasárselo muy bien y recoger todo el material de la muestra, había conducido sin descanso durante todo el día para poder llegar a casa en el fecha de su cumpleaños y recibir el cariño de los suyos y sus felicitaciones. Nadie le dijo nada. ¡Ni gocha quien te puso ahí! Nadie recordaba y tuvo un recibimiento frío y anodino. Acabo celebrándolo en el bar y contándoselo a un desconocido.

Pérez comprendía bien a aquel tipo, sabia de frustraciones, de las cosas que en el último momento se derrumban por la más caprichosa tontería del destino. Sintió lastima del tipo y trato de animarlo. Después de quitarle importancia al hecho. De que estas cosas pasan, que siempre andamos atareados en la rutina, que no hay que darle importancia y demás frases hechas, acabo diciéndole

– Mira., seguro que no se acordaron; con el tiempo estas fechas se nos acaban pasando por alto. Lo mejor que puedes hacer es ir a buscar a tu mujer a la salida del trabajo, recoger a vuestra hija e invitarlas a comer por el sencillo hecho de que ayer fue tu cumpleaños y quieres celebrarlo. Aprovecha mañana que se prevé un día esplendido, te acercas a la costa, disfrutáis de un buen pescado en una terraza frente al mar y les cuentas el viaje y las ganas que tenias de volver y estar con ellas. En esa sorpresa saldréis ganando todos. Un día así, inesperado, queda en el recuerdo largo tiempo, más que la fecha de un cumpleaños, porque se reveló a la rutina y la apatía.

El hombre después de un silencio y con los ojos como platos le dijo

–         Señor Pérez es usted psicólogo.

–         No tío, yo soy un pringadillo más, como tú, que no tiene donde ir esta noche y que viene a cargarse de alcohol para que mañana al despertarse la única tarea a la que tenga que enfrentarse sea el superar una tremenda resaca y así le pase la mañana y el resto del día en recuperarse –le hubiera contestado-

Pero no se lo dijo. Veía sus palabras brillar en los ojos de aquel hombre, que le servían y que estaba dispuesto a ponerlas en práctica. Sencillamente fue compasivo y le contesto

-No, no hace falta psicología para ver que casi nunca damos el primer paso esperando que alguien lo de por nosotros; y en eso se nos van los primeros impulsos y los coartamos en un análisis de las consecuencias, de pros y contras; matando así toda espontaneidad y todo sentimiento natural y desinteresado. Si elegimos el egoísmo como compañía, excluimos a quienes nos rodean.

Pérez, se levantó, se despidió deseándole feliz cumpleaños y se fue. Se dirigió a su casa pensando que él también podía poner en práctica sus propias palabras con los suyos, pero al mirar atrás vio la sombra de su egoísmo siguiendo sus pasos.

Cuitas. CUATRO

Pérez se acuclillo delante de la lavadora y estuvo, no sabe cuanto tiempo, viendo como daba vueltas el tambor y los caprichosos movimientos de la ropa en su interior. Ahora izquierda, ahora derecha, contando los segundos transcurridos a cada intervalo de pausa entre giro y giro; escuchando el golpeteo de los botones contra el tanque, el gorjeo del desagüe en la fase de vaciado, la aceleración creciente del centrifugado, la entrada cantarina de agua nueva para el aclarado…¡Qué lista es esta máquina, que cosas se inventan!

Cuando se incorporó le crujieron las rodillas y los músculos de las piernas le parecían que centelleaban de electricidad. Su mente giraba en el vacío como una centrifugadora. Había perdido medio día de descanso en el más ignorado olvido del mundo exterior. Eran más de las tres de la tarde y estaba sin comer, no tenía nada en la nevera excepto cerveza y café y para ir a alguna parte ya era tarde, pero el estomago se le precipitaba en una catarata de salivación.

Al caer la tarde no podía aguantar más el hambre, la había estado entreteniendo con tabaco, café y mucho azúcar, pero necesitaba algo sólido. Salió a la calle. Todo el día la lluvia tiño la jornada de gris arropándola en un escalofrío, los horizontes se borraban en una lechosa bruma mas allá de una manzana y los edificios próximos resaltaban como una calcomanía superpuestos en una cartulina gris; las calles, silenciosas devolvían el eco de los pasos y las voces brotaban de los portales y las esquinas en busca de respuesta. Se dirigió al supermercado de moda descendiendo por unas escaleras que nadie usaba, como quien es absorbido hacia los abismos. Al final una puerta acristalada se abría ante su presencia y una luz intensa hirió sus ojos y sus oídos se sintieron inundados por un torrente de ruidos, voces y actividad que casi le deja petrificado en el umbral. Ya repuesto hizo repaso a lo que le había llevado allí. No gran cosa: pan y una barra de fuet, también añadió un par de cervezas de importación, fuertes, tostadas, de trago largo. Fue rápido, los cuerpos femeninos le hacían daño.

Al volver a casa sintió, al abrir la puerta, el golpe amargo del olor a tabaco en las narices y la atmósfera viciada de la casa cerrada y sin vida al margen de la suya.

Cortó en dos el fuet, le quitó la piel a lo largo y con el en una mano y en la otra media barra de pan comenzó a simultanear mordiscos a la vez que los empujaba con largos tragos de cerveza. Acometida la tarea continuó con la otra mitad que aún le quedaba y así, bocado a bocado, trago a trago, empezó a reconciliarse con el mundo. Quedaba la noche, la tremenda noche, pero aún le quedaba más cerveza y con ella, un velo de niebla iría dulcificando los duros contornos de la realidad.

Cuitas (de Juan Pérez) DOS

Juan Pérez garabateaba en un papel, estrellas, caras, flechas, tachones, esperando que le llegase la inspiración y las palabras se encadenasen dándoles vida en algo que definiera el momento, o lo perpetuara en una emoción artística, en un desgarro genial del hombre ante el destino, mientras las horas pasaban y se extendían y él miraba al vacío sentado frente a una ventana, con un horizonte de ladrillos rojos diez metros más allá de sus propias narices (o el equivalente a la anchura de la calle entre dos edificios, que no tenia ni idea de cuanto podía medir).

Como los minutos se alargaban interminablemente en una sensación de hastío, en un arranque de determinación, no pudo postergar más las tareas pendientes que se amontonaban y se puso a planchar.

En el ridículo mundo insustancial de Juan Pérez, que se alimentaba hasta del vacío, había algo ineludible como era el planchar su ropa de trabajo. Tampoco le quedaban calzoncillos en el cajón. (Y eso que los compraba por docenas) Otra ineludible certeza que le esperaba en el cesto de la ropa sucia. Quizá también fuera conveniente comprar otro par de docenas o, poner la lavadora.

El alma que no quiso descansar en el cementerio

Aunque ni siquiera como última morada deseemos, hay que admitir que la mayoría de los cementerios tienen buenas vistas.

¿Quien escoge su ubicación? ¿Quizá  la comunidad; el primer ser humano que se asentó en el lugar y determino, así como donde iría su casa, también donde reposarían su  huesos y que estos hubieran de estar alejados de donde se mueve la vida, pero sin perderla de vista; o a un lado del camino para saludarla en su ir y venir? Una elección casi siempre de autentico buen gusto. Hoy quizá los criterios empleados serian distintos y se limitarían a estudios técnicos de higiene y nada lógicos en los asuntos sentimentales.

En ciudades medianas y villas (las grandes urbes acaban devorándolos en rincones de melancolía) gustan de lugares elevados desde donde seguir al acecho del pulso diario y con vistas a horizontes donde descansar la mirada.

En los pequeños pueblos te saludan al borde del camino, al entrar o al salir, son como pequeñas islas de reflexión donde terminan los paseos y desde allí se alcanza a ver los campos de labranza y pastoreo donde medra el fruto de los vivos.

En los puertos de mar son hermanos de los faros, vigilantes del horizonte y saltan desde acantilados a lomos de gaviotas.

En las zonas de montaña, ocupan el lugar mas elevado y compiten con las águilas en su vuelo.

A veces también reposan en lo profundo de un valle, al lado de un río para tener siempre una vía de escape, un fluir sin límites en las aguas cristalinas.

Siempre, en todos los lugares, a su lado una ermita, una pequeña iglesia, que de sombra y asiento al caminante. A mi, me gusta sentarme al abrigo de estas ermitas y no me incomodan nada las almas del cementerio, incluso parece que se sientan tranquilamente conmigo y me arropan de paz y me regalan esa ausencia de tiempo que ellos atesoran.

En Villanueva, cerca de Proaza, hay una de estas pequeñas iglesias, al abrigo de montañas, en un valle soleado que empapa sus orillas en un río de aguas apresuradas y de nieves derretidas. El sol acaricia temprano la mañana despertándola de heladas y brumosas noches y la luz canta en miles de sonidos, a lo lejos, al compás del inseparable tolón-tolón de las esquilas del ganado que pasta en los verdes prados escarchados de rocío. Allí, el tiempo se detiene en cada trino de un pájaro, en el graznido de un cuervo, en el grito agudo del aguilucho rasgando el cielo y se prolonga infinitamente en mil ecos, en cada roca, en cada arista de las montañas. Los nichos del cementerio sestean al aroma acido y húmedo de la tierra fértil.

Por la parte trasera del cementerio una senda se asoma al río y descansa en una playita de arenas enlodadas; en el tronco de uno de los árboles que flanquean el acceso, he visto clavadas unas flores de plástico, rosas de vivos ribetes violáceos, en memoria (como esos pequeños santuarios al borde de las carreteras que recuerdan una tragedia) de un muerto que no quiso quedarse en el cementerio a descansar sus días en las mañanas soleadas. (Así quiero verlo yo, o imaginármelo al menos) Paso por allí, quizá saludo a aquellos que en su día no pudo, pero no quiso quedarse. Refresco sus pies de ceniza en el rió y se fue aguas abajo saltando sobre cascadas de espuma hacia mares encabrillados y el arco iris reflejado en cada gota que el viento lanza salpicando las arenas, pulidas a los rodados cantos del camino donde tropezaron tantas vidas. Quizá vuelva de nuevo entre la lluvia a regar los campos agostados en las tardes de verano para continuar una y otra vez su viaje interminable por los ríos de la tierra

Hunde sus muros el cementerio de Niembro (Llanes -Asturias) en las arenas  de las marismas

Las almas se bañan  al ascender las mareas ; huelen  a profundidades y algas  y cabalgan  sobre lomos de gaviotas hacia cielos de luz y mares infinitos

El ángel blanco de Limona corona el cementerio de Comillas (Cantabria); oteando horizontes de mar y montaña vela, desenvainada su espada flamígera, el descanso de las almas