El Río. (Un amigo del camino)

El río es siempre un buen compañero para el camino. A tu lado siempre, tarareando su canción de agua. Cantarina y juguetona cuando desciende joven las laderas; impetuosa en los rápidos, atropellándose en las crestas de pequeñas olas; brutal cuando se precipita hacia el vacío en saltos de espuma efervescente; susurrante cuando alcanza los valles y se calma en los meandros, donde las aguas profundas se tragan, con un eructo gutural, a aquellas que venían deprisa hacia el fondo de sus pozas negras. Ya saciado, se vuelve silencioso en la llanura, apenas un chapoteo, un lametazo a las piedras de la orilla y el siseo constante del agua que traza hilos metálicos en la corriente.

El río se precipita por barrancos insondables o desciende y se expande por valles de prados verdes y arboledas escoltando sus riveras y te espera en un recodo del camino donde el bosque avanza a su encuentro y su lecho es ancho y los álamos esbeltos se asoman a playas de blancos cantos rodados, discurre lejano, por un lecho estrecho, presuroso. Se detiene en remansos y se enmaraña en derrotados troncos bruñidos por turbulentas riadas y allí, es espejo del color de la tierra y del cielo.

Al atardecer sus aguas parecen relajadas, aceitosas, profundas y silenciosas, para escuchar el baile de los peces,  una festiva danza de saltos y cabriolas para atrapar nutitivos mosquitos. Un chapaleo, un palmetazo en el agua hacia donde dirigir la mirada y solo quedan las ondas extendiéndose en círculos que se agrandan y debilitan. Entre la umbría maleza unos patos, sorprendidos, alzan el vuelo, escandalosos, dejando un eco de graznidos que desgarra el aire al alejarse. Una garza planea silenciosa entre las sombras y se posa lenta sobre la orilla opuesta; vuelve un pato y se desliza en una efervescencia liquida que separa las aguas, y con un cuac-cuac nos anuncia su presencia. Desde el camino elevado, las ramas se cuelgan y parece que beben las hojas, en las plateadas aguas, la última luz del atardecer y se encienden al filtrar los rayos dorados.

El río es un amigo con el que sentarte a charlar sin que importe que el tiempo pase.

He aprendido a recorrer los caminos en silencio en compañía del río, a sentarme a sus orillas y escuchar sus historias de agua al pasar. Me traen sueños y recuerdos y les lanzo mis lamentos para que se los lleven lejos